El perrito valía un diez. | Andrés Valente

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Hay un hotel nuevo en el centro de Palma que es totalmente imponente visto del otro lado de la calle, desde donde se pueden apreciar sus curvas modernistas y una blancura que solo se ve en los anuncios para detergentes. Su nombre es Palma Blanc. Rumbo al periódico, paso por delante de él cada día, pero siempre por el otro lado de la calle. Desde su reciente apertura he tenido la intención de cruzar la vía para echar un vistazo de su interior. La semana pasada dejé de ser indeciso y crucé Ramón y Cajal para entrar en el Palma Blanc, en lugar de ir por una calle lateral hacia el periódico.

El desayuno estaba en marcha y a toda pastilla; una muy eficiente jefa de sala estaba en la puerta del comedor para recibir a los clientes y designarles una mesa. Yo solo quería ver la carta y ella se fue y volvió enseguida con un ejemplar. Los precios están bastante más altos de lo que normalmente pago, pero hice un cálculo rápido y pude ver que algunos platos están dentro de mi presupuesto.
Pero cuando quise hacer una reserva para comer al mediodía, resultó que los platos a la carta solo se sirven por la noche. Tienen un menú del día a 20 euros, pero de lunes a viernes, y era sábado. Di vueltas a la idea de cenar allí aquella noche, pero la descarté al pensar que tendría que ir a casa para ducharme y vestirme de nuevo. Lo hubiera hecho para cenar con Sophia Loren (que a sus 88 años sigue siendo un bombonazo) pero no para cenar en el Palma Blanc, por mucho que admire su arquitectura.

Luego la jefa de sala me dijo que tienen un menú corto de snacks que sirven desde las 3.30 a las 7.30 de la tarde. Le eché un vistazo y enseguida vi algo que me interesó mucho, aunque no tanto como una cena con Sophia Loren. Fue un perrito servido en pan de ensaimada. Para mí esto es algo novedoso y decidí hacer tiempo hasta las 3.30. Pero la jefa de sala tenía una idea mejor: como dispensación especial, podía venir antes de las 3.30. Por lo tanto allí me presenté a las 1.30 para almorzar en el patio interior con sus árboles, arbustos, plantas y otro follaje.

El humus con los crudités
El humus con los crudités.

Como se puede ver perfectamente en la foto, el perrito no es el típico de salchichas frankfurter de los diners americanos: viene con una salchicha blanca tipo bratwurst, larga y gruesa, y con un pan de masa de ensaimada (10 euros). No es realmente masa de ensaimada, ya que no lleva tanta manteca, y este detalle es el secreto de su éxito: ese pan de perrito sale con una textura ligerísima, una esponjosidad seca y con un sabor algo dulzón y superdelicioso. Viene con tiritas de cebolla pochadas al enésimo, pero no caramelizadas ya que serían demasiado dulces. Yo soy el primero en comer con las manos, sin embargo este perrito necesita tenedor y cuchillo: recoja en él un poco de salchicha, algo de cebolla y un trocito de este pan de ensaimada tan inusitado, y cada bocado será memorable. Fue el mejor perrito de mi vida y, por su puesto, valía un 10.

Mi entrante fue un humus con buen espesor y textura y bien presentado con una selección de crudités fresquísimas y crujientes (9 euros). Lo mejor fueron los refrescantes segmentos de cogollos. De sabor, el humus fue algo anodino. Con un toque de tahina, que se hace fácilmente con semillas de sésamo tostadas y trituradas con la adición de aceite de girasol, hubiera mostrado sus orígenes árabes.

Los huevos fritos, en la imagen de arriba, también valieron un 10
Los huevos fritos, en la imagen de arriba, también valieron un 10.

El tercer snack fue huevos fritos con jamón ibérico y patatas fritas (10 euros). Un mero vistazo relámpago a los huevos ecológicos fue suficiente para decirme que serían entre los mejores que jamás hubiera comido. ¿Por qué fueron tan perfectos? Lo primero que se tiene que notar es la puntilla dorada, que significa que el aceite estaba lo suficiente caliente para hacer un huevo frito impecable. Después, mirar la clara: si el aceite no hubiera estado a la temperatura correcta, estaría plana como un trozo de plástico en lugar de estar hinchada.

No se pueden ver las yemas en la foto, pero presentaban un color rosa pálido, una indicación de que estarían totalmente líquidas. Y así fue, porque una vez rota la yema, tiene que servir como una salsa para las patatas fritas. Por lo tanto esos huevos fueron un 10. Pero solo los huevos. Las patatas fritas fueron un fracaso ya que estaban hechas con una variedad que no sirve para freír y fueron algo duras.
Mi visita al Palma Blanc fue muy especial. Pude ver que los decoradores interiores también habían hecho un trabajo esmerado. Su misión, asimismo, es bastante más fácil que diseñar un edificio tan insólito como el de Palma Blanc. Se ven pocos hoteles así en Mallorca. La última vez fue en 1964 cuando se inauguró el Hotel de Mar en Illetes, que fue el hotel número mil de la Isla. ¿Cuántos hay ahora?