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A veces recuerdo, con una cierta nostalgia, mis años de estudiante en un colegio religioso de nuestra ciudad. De ahí salí vacunada de misas, rosarios, ejercicios espirituales y meses de María. El objetivo de tanta liturgia era solo uno: alejarnos de los peligros del mundo exterior. Otra imposición era la presencia absoluta del castellano en las aulas. Entre otras, la valldemossina madre Mas y la manacorina madre Riera eran unas de las encargadas de velar por su uso. Ya pueden imaginarse el castellano castizo que dominaban. Nuestro único momento de escape de esta tiranía lingüística eran los tiempos de recreo, donde no había imposiciones que valieran.

Ahora se han girado las tornas. Si en las aulas el catalán es el idioma utilizado, como marca la ley educativa, el castellano sigue ganando la batalla como lengua más usada entre los más jóvenes y, en consecuencia, se produce una situación bien anómala. Basta darse una vuelta por los patios de recreo de alguna escuela. Los alumnos reciben en catalán las clases y, cuando finaliza la actividad lectiva, cambian automáticamente de registro lingüístico, imponiéndose el castellano. Por este camino, el catalán no presenta buenas perspectivas porque no hay una sensibilización social sobre su uso y puede acabar siendo una lengua académica y pocas cosas más.

Vivimos en un país que tradicionalmente no ha sabido gestionar su variedad lingüística. Esta conducta de nuestros alumnos no es más que el reflejo de lo que pasa en el ámbito social; cuando en una conversación de adultos hay un solo castellano parlante, se gira la lengua hacia el castellano. Cuidem un poc més la nostra llengua. És necessari!