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Hasta un conseller del Govern de Baleares puede entender que miles de jóvenes con los estudios recién terminados, salidos de confinamientos más o menos estrictos, con ganas de fiesta y en Mallorca, lejos de sus padres, no van a conformarse con visitar la Catedral, tomar tranquilamente el sol en la playa y mantener la protección de cada grupo. Desde siempre, el viaje de estudios ha sido sinónimo de desmadres varios, cuando no destrozos en los hoteles.

Pero, con la tormenta ya desatada, el Govern necesita culpables: los estudiantes, en primer término, que no están exentos de responsabilidad; «egoísta panda de mezquinos» los ha llamado una profesora en una carta que ha circulado profusamente por redes sociales; culpa también de las agencias organizadoras de los viajes y de los hoteleros que los han alojado si hace falta.

El conseller Iago Negueruela llegó a señalar a las policías locales por no haber controlado las situaciones de caos alcohólico, generalización que debió costarle una reconvención: cuidado que en Palma son de los nuestros, para responsabilizar en exclusiva a la Policía Local de Llucmajor (el alcalde es del PP). Ni ante un problema de tal magnitud son capaces de aparcar el sectarismo y dejar de utilizar políticamente la pandemia. Ya pasó: la presidenta Armengol no dudó en achacar a Díaz Ayuso el hecho de ser la causante del cierre turístico por su gestión de la pandemia, en plena campaña electoral madrileña. ¿Y ahora, qué? No estaría de más una disculpa y un sincero propósito de enmienda.

La concatenación de circunstancias –jóvenes todavía sin vacunar, la relajación derivada de la mayor inmunización, el verano– no exonera a los gestores públicos de su inhibición. Pedro Sánchez lo ha vuelto a hacer: hace un año, hemos vencido al virus; ahora, fuera mascarillas en exteriores para mostrar las sonrisas, medida que en círculos médicos se considera precipitada. La consellera de Presidència, Mercedes Garrido: «Este turismo de excesos no es bienvenido; no permitiremos que se proyecte esta imagen de Baleares». Dicho cuando la imagen de los estudiantes y el rebrote de contagios han dado la vuelta al mundo; la reacción, otra vez tardía, cuando el daño está hecho: expedientes a los implicados en los viajes estudiantiles.

Los conciertos en la plaza de toros de Palma, supuesto origen del foco vírico, podían haberse evitado; la Policía Local y técnicos del Govern habían alertado de los riesgos. Mención aparte los botellones. La madre de uno de los jóvenes confinados en el Paseo Marítimo, hasta que la Justicia, culposa también para el Govern, dijo lo contrario, comentaba en una emisora de radio: Armengol tiene derecho a defender a sus turistas, pero también el deber de evitar los botellones. Desde que se levantó el estado de alarma, en el polígono de Son Castelló hay botellón cada fin de semana, en los mismos lugares y con los mismos horarios, ante la pasividad de la delegada del Gobierno, Aina Calvo, y sobre todo de José Hila, el ínclito alcalde de Palma, de quien hay que suponer que sabe dónde está el polígono de marras.

Y cuidado que vienen los ingleses y con ellos, con la vista puesta en Punta Ballena, la duda de si Negueruela conseguirá aplicar su ley antiturismo de borrachera, hasta ahora ayuna de resultados.