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Por muchas risas que pueda provocar la ministra Irene Montero con sus patadas al diccionario y al sentido común, sus expresiones del llamado lenguaje inclusivo son un paso más en el proceso de supresión de cualquier impedimento a la extensión de una realidad nueva fundamentada exclusivamente en los códigos de una determinada izquierda.

Interviniendo el lenguaje se interviene el pensamiento (Juan Manuel de Prada) y a tal punto se ha llegado que hoy si una ciudad no es sostenible e inclusiva, ni es ciudad ni merece figurar en los mapas. Inclusivo se ha añadido a la retahíla de adjetivos que identifican al buen progre, junto a sostenible, feminista, animalista, ecologista y algunos istas más; ecosoberanista es el top. Si no se incorporan tales conceptos al vocabulario de cada cual se corre el riesgo de quedar fuera del canon, al margen de la tribu y, en el peor de los casos ser señalado como fascista, aunque quienes como tal califican no tengan ni idea de la dramática significación histórica de la palabra, cuyo uso, al igual que el de su antónimo, obliga a la relectura de Hannah Arendt y su disección de la banalidad del mal.

Desde la caída del Muro de Berlín (1989) y el consiguiente extravío de sus banderas, la izquierda ha buscado su identidad en la adición de minorías de carácter muy diverso: hasta los okupas son tratados con benevolencia. La debilidad parlamentaria y la desmedida ambición personal de Pedro Sánchez explican la presencia de Podemos en el Gobierno de España y la existencia de un Ministerio de Igualdad con su dotación correspondiente, ministra incluida; y por las mismas razones Palma cuenta con unas y unos concejales cuya peculiaridad no disimula su incompetencia, y no es una característica únicamente de ese partido, e incluso un vicepresidente del Govern, que lo hay aunque no se note.

De la mano de Irene Montero, el sexo confuso, mujeres en el cuerpo de hombres o, a la inversa, hombres en el cuerpo de mujeres, o ni una situación ni la otra, el universo llamado trans y sus diferentes ramificaciones, cuya explicación requiere de expertos especializados, se intenta situar en el centro del escenario como gran avance en la instauración de ese nuevo régimen que requiere de un lenguaje distinto; miembros y miembras fue un tímido ensayo. La ministra va con todo y los niños, niñas y niñes no es fruto de una exaltación mitinera en plena campaña electoral madrileña sino que se pretende su gran aportación con el invento de un neutro hasta ahora desconocido. Y no es que la Montero niña no acudiera a clase el día que se explicaban los géneros gramaticales, sino que la Montero ministra tiene una hoja de ruta que desea imponer a la sociedad, sin importarle las risitas coyunturales (otra vez Juan Manuel de Prada).

Georges Orwell iluminó los recovecos más oscuros de la construcción del estado totalitario a través del Gran Hermano y la imposición de la neolengua. En la actualidad se reviste con las particularidades de la corrección política, camino de convertirse en un nuevo absolutismo sin sutilezas en todos los ámbitos de la sociedad. Se pregunta Jon Juaristi para qué sirve la ortografía. Para poca cosa, se responde con ironía: para asegurar la transmisión de la alta cultura y proteger así la civilización.