Alejandro Vaquer Arjonillas | Profesión: Modisto, peluquero y bailarín. | Principales aficiones: Ser solidario con acciones varias, la fotografía y el arte. | Una pasión: La danza. | Eugenia Planas

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Recuerdo el día que conocí a Alejandro, su sonrisa cautivadora, su erguido porte, mientras dicharachero y locuaz narraba la historia por la que una se había interesado. Algo en él hacía pensar que tenía alma de artista, lo que se evidenciaría en su universo íntimo, en su garaje convertido en loft. Su sonrisa y su energía se desparramaron por la acera mientras nos daba la bienvenida. Su oronda y hermosa gata pidió caricias de amistad a nuestra llegada, mientras Alejandro narraba anécdotas sentado en el sofá y requerido por el negro minino Rebel. La iluminación bien estudiada y coloreada en tonos anaranjados, en una estancia remodelada con el cincel de las emociones y teñida de algún que otro tinte de humor, fue el escenario en el que conocimos su sentimiento disconforme, su pasión por la familia y su jaranera forma de expresarse.

Heredó el carácter de su madre, cantante y pintora por vocación y persona que no pone en su vida fingidos cortapisas. Nos habla de ella y nos deleita con una copla grabada en su móvil. Escuchamos su privilegiada voz mientras imaginamos las cenas en la casa familiar con aroma de farándula. En cada acción, en una descontracturada y prolongada conversación, surgen las contingencias del fascinante universo de lo esencial de sus oficios, desde que comienza a peinar a las muñecas de su hermana, pasando por sus clases de jazz, sus estudios superiores de patronaje industrial, su enrole en la compañía multidisciplinar Uyu-yui, en Bilbao; su periplo en Buenos Aires y el ‘cierre de circulo’ cuando hace dos años inauguró su peluquería en la calle Velázquez, tras aprender el oficio.

Las dimensiones de la vivienda se distribuyen con estética sentimental.

Dos cabezas de antiguo maniquí con peluca bien peinada hablan de su pasión por la profesión que hoy ejerce –gratuita para mujeres maltratadas o en rehabilitación social– y a la que denomina ‘peluquería de autor’, conviven con peculiares objetos sobre el mueble del recibidor. De las vigas del salón cuelgan luces de lámpara de diseño y en la escalera que conduce al altillo, luces navideñas para todo el año. La lámpara en forma de luna de su habitación de niño asoma sobre uno de los sofás. Bajo el altillo, un mueble de familia sobre el que descansa obra de Ernesto Rodríguez cerca de una mesa que creó con un tronco de un viejo olmo y una estantería con fotografías pixeladas, un antiguo maletín de médico de ‘My Michelle vintage’ y obra de Sasai Arrow y de Matías Factorovich, crean un espacio agradable.

Todo en su vida gira en torno a la estética, sin juicios, con el valor del alma.

El altillo corta visualmente el espacio, demasiado alto, y le proporciona calor de hogar. «Es la casa que había imaginado. Cada objeto tiene una historia y pasado y presente se dan la mano para procurarse la paz que siento aquí». Una buhardilla sobre la habitación principal asoma al salón con una escotilla que proviene del antiguo ascensor de la casa de sus padres. Subimos al altillo. Allí componen otro decorativo recodo una colección de pantallas de cristal de antiguos apliques situadas ante un espejo y bajo un lienzo de su madre, Pilar Arjonillas; una mesa adaptada al espacio y objetos antiguos de rústico barro. Desde ahí se divisa la concepción de loft que quiso diseñar y la suntuosidad de las plantas de una terraza en la que terminamos la conversación estirando el empeine y enlazando nombres de pasos de ballet. Sonreímos. Ha nacido la amistad entre las bambalinas de las confidencias sin tapujos.