La Guardia Civil acompaña a dos de los detenidos. | M. À. Cañellas

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Finales de 2010, en Peguera. Un extranjero desconocido se interesa por la compra del Mar y Pins, un hotel en primera línea del mar. Le da igual si le imponen condiciones draconianas: él está dispuesto a pagar el derribo parcial, la reforma y quedarse con la mansión colindante. Más de 6 millones de euros como quien habla de calderilla.

Craso error, en época de crisis. Unos veteranos guardias civiles de Información reciben esos detalles. El desconocido toma forma: es ruso, millonario y tiene un pasado muy turbio. Luego, le ponen nombre: Alexander Romanov. El magnate aún no lo sabe, pero acaba de nacer la operación Dirieba. El comandante Francisco, jefe de Información, pone en marcha a sus agentes. Los hombres de Paco, pero no los de la tele. Con estos, las bromas justas. Luego, se suma a la fiesta el Servicio de Información de Madrid. Romanov está sentenciado.

A su llegada, el presunto capo y su esposa Natalia se alojan en casa de un amigo, en Santa Ponça. Después, en casa de una amiga alemana, en Peguera. Reforman la mansión de 400 metros, que queda convertido en un palacete. A su hijo adolescente le ponen un profesor privado de francés y lo apuntan en un colegio exclusivo. Su objetivo es comprar discotecas y hoteles en Peguera. Será la cabeza de playa en el desembarco ruso. Luego: Santa Ponça.

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Romanov es prepotente. Su séquito siempre tiene que caminar dos pasos por detrás de él. Casi como un zar, como un Romanov de infausto recuerdo. El Grupo de Información le espía casi a diario. Le gustan el marisco y los vinos caros, y es ostentoso: le va el lujo asiático. Como buen nuevo rico ruso. Tanto a él como a su mujer los vinculan con la antigua KGB, ahora reciclada en FSB. Ella es militar, dicen que coronel, y no se ha cambiado el apellido, señal de que es muy poderosa. Casi tanto como él. Son relativamente religiosos y en fiestas tienen previsto marchar a Moscú, así que se acelera la operación. El miércoles es el día elegido. Quince agentes blanden sus pistolas HK de 13 disparos y doble acción. Se ajustan los cascos. Son las nueve de la mañana y con un ariete derriban la barrera exterior de la mansión. Se deslizan a la casa y cuando van a tirar la puerta principal aparece ella, la señora. Abre la puerta perfectamente maquillada y vestida con ropa muy cara. Salía de casa, y se queda petrificada al ver a esos encapuchados armados. Los comandos, también. «Guardia Civil, señora», le aclara un mando. Su esposo está en la cocina, vestido de sport, y se le quedan ojos como platos. El suelo de la mansión es de mármol, frío como el invierno ruso. Al fondo, un salón enorme, con vistas al mar. Está dividido en dos estancias, que no será por metros cuadrados. La terraza es panorámica, de dos metros de ancho por diez de largo. La cocina es de diseño, con isleta en medio. Muy americana. Hay dos habitaciones abajo y dos en la planta superior, además de los despachos. Cuadros de lujos y tres cajas fuertes, ocultas tras muebles barrocos. Los perros especialistas marcan los tres lugares. «Abra», le indica un guardia civil. Romanov duda. Gruñe algo, pero al final accede. No le queda otra.

Dinero

Tras abrir las tres cajas, aparecen 100.000 dólares, 150.000 euros y muchos billetes de Emiratos Árabes y rublos rusos. Pasan las horas y el registro sigue. «¿Queréis comer?», preguntan los investigadores. Hay bocatas de cátering, pero Alexander y Natalia prefieren las delicatesen de su nevera. Normal. La suegra también está en la casa. Boris, el suegro, ha sido detenido en otro lugar. Cae la noche y Romanov pide un favor: «Quiero salir tapado, que hay prensa afuera». Le conceden el deseo. Los ochos detenidos en la operación son trasladados a la comandancia nueva de Son Rapinya, donde son reseñados, fotografiados y se les saca las huellas dactilares. De ahí, a las celdas de la comandancia vieja. Sólo Boris se altera: «Si no soltáis a mi hija, no como». Por supuesto, no le hacen ni caso. Romanov sigue frío como el hielo: «Yo no soy de la mafia rusa, soy un hombre de negocios». Uno de los investigadores le lanza una mirada irónica y le sonríe: «Ya. Y yo soy Papá Noel».