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Cuando has vivido la muerte de alguien querido muy de cerca, tu vida cambia por completo. Una parte de ti desaparece, se va con el otro. Otra parte crece, aumenta, porque incorporas a quien has perdido a tu interior. Eso va a ser para siempre. Durante el resto de tu existencia, te acordarás de sus gestos, sus palabras, de las anécdotas compartidas, de lo que te enseñó esa persona… El dolor da paso a la gratitud. Agradezco a la vida haber encontrado a quienes amé. A veces, me sorprendo a mí misma cuando, en una determinada situación, me pregunto qué me diría mi marido o cómo hubiese reaccionado mi abuela o qué ocurrencia graciosa hubiese tenido mi amiga Natalia. Ellos, por suerte, siguen ahí, muy cerca.

Sin embargo, la muerte es una experiencia durísima. Anoche me enteré de la desaparición repentina e inesperada de Lara Castro. Un conocido común me mandó un Whatsapp dándome la noticia y no me lo podía creer. Hay personas que inevitablemente asocias a la vida. Lara y yo no tuvimos la oportunidad de conocernos a fondo. Fue colaboradora mía en el programa que dirigí y presenté en Cataluña Ràdio, Les mil i una nit. Era psicóloga, una persona de aspecto amable e ideas claras, buena comunicadora, especial, bella. La primera vez que la vi pensé que parecía surgida de un cuadro de Botticelli. Era una mujer luminosa.

Anoche me anunciaron su muerte. Fue un accidente absurdo: un desmayo, una caída, un golpe en la cabeza. Tenía un hijo, Neo, de dos años y medio. Estaba embarazada de treinta y dos semanas de su hija Vera. Su pareja, José Toirán, que colaboró también a menudo en mi programa de radio, está roto. Ha perdido a su compañera de viaje y a su hija nonata en un instante. Le queda una ardua tarea de duelo y reconstrucción personal.

Así es la vida: maravillosa a veces, de una crueldad terrible en ocasiones. No hay palabras. Solo el deseo de que Lara siga viva en nuestra memoria.