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A él seguramente le habría gustado, pero nadie se atrevería a situarlo a la misma altura que Muhammad Ali, Michael Phelps, Eddy Merckx, Pelé, Nadia Comäaneci o Michael Jordan. Y no porque sus récords no pudiesen compararse, en plena justicia, con los que en su día batieron Jesse Owens y Paavo Nurmi en atletismo, Ian Thorpe y Mark Spitz en natación, o aquel coloso de Vasili Alekséyev en halterofilia. Lo suyo era otra cosa, pero también era innegable que en esa cosa Simo Häyhä fue el mejor. La Muerte Blanca, lo llamaban. Durante la Guerra de Invierno, agazapado en la lejanía, confundido entre la nieve a más de veinte grados bajo cero, Simo Häyhä causó con su fusil Mosil Nagant de fabricación rusa 505 bajas confirmadas al enemigo. Y eso que aquella guerra que enfrentó a Finlandia y la Unión Soviética mientras en el resto de Europa la civilización luchaba contra Hitler solo duró tres meses y medio.

Dicen que era capaz de acertarle al blanco a 450 metros de distancia sin necesidad de utilizar mira telescópica. Sus partidarios, orgullosos, recordaban también que en combate cerrado, cambiando su rifle por una metralleta, había matado al menos otros doscientos rusos más. Pero Simo Häyhä, modesto, siempre se negó a incluirlos en la cuenta. «No hay deporte en eso», sostenía.