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Leí una vez una entrevista a un pelotari apellidado Martínez en la que el periodista que la firmaba comenzaba señalando que Martínez su apellido lo escribía sin ponerle tilde a la i. Me acordé de ello el otro día al volver a encontrarme de nuevo en la red con el apellido Indurain escrito de dos maneras diferentes. Una con tilde y otra sin según fuera el medio en el que aparecía. La pregunta sobre si su apellido debía o no acentuarse en la a surgió a poco de que Miguel Induráin empezara a ganar tours y ocupar cada vez mayor espacio en los titulares de los periódicos, porque aunque la norma ha sido siempre de lo más clara (las palabras agudas terminadas en ene o ese llevan tilde siempre, te pongas como te pongas), algunos argumentaban para no ponerla que él tampoco lo hacía nunca. (El «Yo es que soy así» ha sido siempre una justificación que entre la gente ha tenido mucho predicamento porque si bien, llegado el caso, no te libra de la cárcel, mientras tanto te ahorra perder el tiempo dando explicaciones). Pensaba que ya lo habíamos superado, pero no. Casi tres décadas después de ponerse su último maillot amarillo, seguimos dividiéndonos entre los que están de parte de Miguel y los que, igual que en su día Aristóteles manifestó también preferir alinearse en el bando de la verdad antes que en el de su amigo Platón, estamos de parte de la ortografía. Lo que es al pelotari Martínez, el periodista le puso todas las tildes.