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El tambor es el instrumento musical más sencillo y evidente, y aunque con el tiempo, la cultura y la variedad de materiales, se ha diversificado mucho, adquiriendo toda clase formas y tamaños, sigue siendo el instrumento más simple, a la vez que el más simbólico. Por supuesto, los hay mucho más sofisticados y sutiles, como la viola de gamba, el saxofón o la flauta dulce, pero no se puede arengar y enardecer a la tropa tocando la flauta y el órgano es más bien para después de la batalla, para tranquilizar a los muertos. De ahí que desde siempre haya regimientos de tamborileros, pero no de pianistas. Las trompetas también son buenas para llamar a la carga y al degüello, y para tocar un réquiem después, pero no meten tanto ruido, que es la grandeza del tambor. Que suena y resuena, y de inmediato vuelve a resonar.

Conviene recordar que los humanos son las criaturas más ruidosas que existen, y adoran el ruido; si hay ruido es que está pasando algo, les incita a la acción. Pero lo que convierte el tambor en uno de los grandes inventos del ser humano es que es un aparato de percusión, y nada nos gusta tanto como percutir, golpear algo y que resuene. Lo primero que se le ocurrió a un homínido al ver un tronco hueco y caído, fue golpearlo con un palo (golpear algo con algo, para que haga ruido, nos chifla), y de ahí ya a los timbales cincelados con borlas, los bongos y los extraordinarios tambores buk coreanos. Sin olvidar la asombrosa variante del gong, que no es un tambor (le falta la caja de resonancia, y también el parche) pero que ya alborotaba en China 3.500 años antes de Cristo, y es como si lo fuera.

Es igual, la cuestión es percutir y repercutir con ritmo, con las manos, con palos, con baquetas y con grandes mazos. Extraordinaria idea, el tambor. Mejor dicho, los tambores, puesto que siempre van acompañados. Por más tambores. Qué sería de los días de gloria, las celebraciones, las fiestas y los desfiles militares sin tambores. Nada, silencio sepulcral y muchas caras largas. El silencio de Dios. Aquel antropoide que inventó el tambor, permitiéndonos así percutir sobre una piel de asno y resonar, cambió el mundo. Y acabó con el tedio ancestral.