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Venecia es uno de esos lugares que pervive en la delgada línea entre la realidad y lo onírico. Una ciudad única que merece ser visitada al menos una vez. Lo saben todos desde hace siglos y de ahí su fama universal. Los venecianos también lo saben y llevan décadas inclinándose peligrosamente hacia el monocultivo turístico. Casi el mismo tiempo que llevan llorando la pérdida de identidad, territorio, espacio, intimidad, silencio. Porque Venecia destaca por su belleza excepcional, lírica, pero también por su silencio. Una ciudad sin coches que atesora una riquísima historia y una no menos rica economía –dominó todo el comercio mediterráneo y con Oriente–, que se fue a pique hace trescientos años a consecuencia de la peste.

El mal azotó la República Serenísima sin piedad durante años, diezmando su población, que en su momento de máximo esplendor acumuló 180.000 habitantes. La bonanza regresó a la ciudad de los canales a mediados del siglo XX, gracias al turismo, esa industria que provee maná del cielo, enriquece a unos pocos y esclaviza a muchos y que, a la postre, fagocita los lugares en los que se instala. Venecia sucumbe, poco a poco, igual que ocurrió cuando la peste. En los últimos veinte años ha abandonado la ciudad el 22 por ciento de sus vecinos, incapaces de asumir el coste de la vida y de la vivienda. Mallorca es un poco Venecia también, porque es una isla.

Salir de aquí resulta difícil, porque implica abandonar las raíces y volar. No hay una provincia limítrofe más barata en la que refugiarse. Pero llegará el momento en que será inevitable. Toda una generación sin expectativas es inviable; con salarios mínimos y viviendas a precio de lujo, ¿cuántos habitantes volarán lejos más pronto que tarde?