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Desde la crisis de 2008 se impuso un poco el sentido común –por aquello de gastar menos–, pero hubo muchos años en los que uno no podía entrar en un centro comercial en Mallorca en pleno mes de agosto porque a los cinco minutos estaba tiritando de frío. Las empleadas llevaban chaquetitas de punto y medias, porque la temperatura ambiente, a unos 18 grados, resultaba heladora en el tórrido verano isleño.

Cuántas veces no habré entrado yo a comprarle algún pingo a la niña para tener que salir de nuevo a la calle precipitadamente porque se le ponían a la cría los labios azules. Lo mismo ocurría en invierno, cuando entrabas a un banco, al aeropuerto o a ese mismo centro comercial con tus botas, jersey de cuello alto y abrigo –lo normal en esa época del año– y nada más entrar empezabas a sudar como un pollo al ast. Los empleados en mangas de camisa y los clientes deseando morir. A eso se refería Pedro Sánchez con la idea de quitarse las corbatas. Se han dicho y escrito tal sarta de majaderías sobre el tema, que ya cansa. Ganas de trincharle al hombre.

Háganlo, no se corten, pero que sea por algún motivo con un poquito más de enjundia. Allí donde los caballeros están obligados a usar corbata todos los días del año necesitan bajar unos cuantos grados el aire acondicionado para soportar ese atuendo en plena ola de calor. Si se quitan la corbata, la americana, los zapatos Oxford y los calcetines y optan por ropa de lino, seda o algodón, como se hace en todos los países cálidos del mundo, seguramente les bastará una refrigeración un poquito más razonable. Y en eso no hay vuelta de hoja.