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Una semana después de la jornada electoral andaluza las dificultades de digestión de los resultados en aquellos casos que las expectativas no se han visto cumplidas, todos excepto el PP, ponen de manifiesto el mal perder de la política. Ya que no hay forma de que se admita la derrota propia, no debería ser tan costoso al menos saludar educadamente la victoria del oponente.

El argumento más toqueteado en Baleares por parte de los perdedores (sobre todo PSOE, Podemos y Cs) es el de la extrapolación. También según el Govern, lo que sucede en Andalucía, se queda en Andalucía. Sin duda es cierto que Baleares tiene poco que ver con Andalucía; y con Castilla – La Mancha, y con Madrid, y con Galicia, comunidades cuyas elecciones autonómicas también arrojaron un balance que roza el desastre para la izquierda y muy estimulante para el centro derecha. Excepto en Catalunya, que tampoco tiene nada que ver electoralmente con Baleares, pero donde el triunfo del socialismo catalán fue celebrado como propio. Ahí sí era extrapolable. Y también es cierto que no se aprecia signo alguno de que en Baleares, a la primera convocatoria electoral que se presente, no vaya a ocurrir políticamente lo mismo que en las comunidades mencionadas.

Las causas de los fracasos propios son siempre exógenas. Sin necesidad de recordar el esperpéntico guión de Adriana Lastra –ha ganado el PP gracias a los fondos enviados por Pedro Sánchez a Andalucía–, el portavoz socialista balear, Cosme Bonet, tiraba de argumentos escritos en Ferraz: fracaso de Cs, estancamiento de Vox y falta de tiempo para su candidato andaluz. En el caso de Vox, quien no se consuela es porque no quiere: el revés a sus expectativas, más de 20 diputados que se quedaron en 14, se compensa con el descalabro de la izquierda. Aparte, las ensoñaciones de Més, ser «el referente de la izquierda progresista, soberanista, ecologista y feminista», porque no caben más ‘istas’, y del PI, moderar a la derecha y a la izquierda.

El tiempo aportará el sosiego preciso para considerar en toda su dimensión el baño de realidad a la pretendida superioridad moral del PSOE y de la izquierda, el ‘orgullo rojo’ de Sánchez durante la campaña ha terminado muy maltrecho; la lección de humildad al histrionismo y la arrogancia de Vox y sus exigencias sine qua non de ser parte del gobierno andaluz: el hombre tranquilo, de formas moderadas, Juanma Moreno (El País), ha derrotado a los guerreros de la polarización; y, por fin, observar los nubarrones muy negros sobre las «cosas chulísimas» de Yolanda Díaz y la extrema izquierda.

En un reciente e inesperado lapsus de sinceridad, el presidente castellanomanchego, Emiliano García Page, recordaba que en el PSOE manda uno y el resto «somos monaguillos». El poder interno acumulado por Pedro Sánchez, que ha transformado el PSOE en su exclusiva plataforma personal, no ha tenido su correlato en forma de resultados electorales, prácticamente desde la moción de censura. Si el presidente no adelanta elecciones, los ‘monaguillos’ serán los siguientes en verse en la tesitura de pagar por el hartazgo ciudadano provocado por los pactos y las políticas de Sánchez. Aunque digan lo contrario, Francina Armengol y sus socios de izquierdas tiene motivos de sobra para estar preocupados.