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Si en el aspecto intelectual Bertrand Russell consideraba imprescindible que al analizar la realidad fuéramos objetivos, imparciales, realistas y honestos con respecto a nosotros mismos, en el aspecto moral decía: «el amor es sabio, el odio es simple. En este mundo que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a los otros, tenemos que aprender a aceptar el hecho de que cualquiera dirá cosas que no nos gustarán. Podemos solo vivir juntos de esta manera. Si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos… debemos aprender un tipo de caridad y un tipo de tolerancia que sea absolutamente vital… para la continuación de la vida en este planeta».

Creo que es absolutamente irrebatible lo que dice este filósofo británico. Lo fue cuando lo dijo y lo es más ahora, cuando las gentes han olvidado lo que significa la tolerancia hasta tal punto que los enfrentamientos por causas políticas, económicas, ideológicas, religiosas o de carácter nacionalista son tan acusados como los fueron en épocas anteriores, cuando el deseo de comprender a quienes no opinaban como nosotros era nulo.

El amor no es una abstracción. Es, por el contrario, la realista necesidad para simplemente poder seguir existiendo. Y el odio es, entre otras cosas, algo tan simple y erróneo que estar atrapado por él supone una clara manifestación de estupidez sin límites. En los tiempos actuales en los que el peligro nuclear está presente, es imprescindible la serenidad de espíritu, la paciencia y la capacidad de comprensión para evitar conflictos. Los conflictos solo pueden evitarse a base de escuchar, intentar entender y parlamentar unos con otros, y sobre todo con los que nos resultan tan diferentes y opuestos en sus opiniones y actuaciones que nos provocan repulsa. Solo de esta manera podemos vivir o seguir viviendo: intentando entendernos. De lo contrario, nos aniquilaremos, ya sea gradualmente, en conflictos bélicos que se prolongarán durante años, o de golpe y definitivamente con una conflagración mundial.
Da miedo contemplar la manera como hablan y actúan los políticos en la actualidad. Dan miedo ellos, y también los que les siguen, sobre todo los estúpidos que excitan y se excitan a partir de sus elementalidades primitivas. Cada cual ve los errores de sus oponentes y ninguno es capaz de autoanalizarse con rigor y decencia a sí mismo. Es imprescindible entender a los otros y a uno mismo, es de necesidad vital no instalarnos en posiciones férreas, ser capaces de aflojar y transigir con respecto a lo que consideremos más sagrado y en oposición a lo más sagrado de los otros, que también tienen que aprender a ceder. Y hay que evitar lo casi imposible de evitar: el egocentrismo avaricioso y maligno de los que juegan disimulada o descaradamente sucio o de los que incendian los ánimos de las gentes en beneficio de sus repugnantes negocios criminales.
No será fácil la sobrevivencia colectiva en los tiempos actuales. Y no solo a causa de los cambios climáticos, sino a la permanencia de la estupidez, la intransigencia y la maldad inherente a este mundo. O cambiamos de una vez por todas o vamos directos al abismo definitivo.