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Beruete es un filósofo con cloforifilia en las venas: él hace antropología desde la floresta. Es decir, estudia esa percepción que tal vez se da (y si no se da, él la da) entre las plantas y el hombre. Relación por otra parte apreciada por los japoneses: en las raíces de los árboles y en los venados dóciles de Nara, en los jardines secos y en los frondosos, en los bosques de bambú cercanos a Kioto o en los árboles de las casas de los samuráis de Kakunodate. Nuestro protagonista es autor de una trilogía editada toda ella por la prestigiosa editorial Turner: Jardinosofía , Verdolatría y ahora acaba de publicar Aprendívoros, el cultivo de la curiosidad .

No estamos ante un ecologista de boquilla, ni de las renovables, ni de las eléctricas, ni del mundo digital. Beruete es un pensador que se dedica a aprender y aprehender la naturaleza, que no solo nos aporta nutrientes sino también respuestas a la incertidumbre y una forma de acercarnos espiritualmente a lo más profundo de nuestra existencia que sigue siendo la tierra, el agua y el aire que diría el presocrático.

En su Aprendivoros , Beruete indaga sobre la curiosidad, ese néctar de los dioses que nos ha convertido en seres mutantes, que nos mantiene vivos y que es necesaria para seguir respirando. Me pregunto por qué los políticos (muchos de ellos con escasas entendederas) se empeñan en saciar nuestra curiosidad con mensajes envasados y listos para consumir, intentando ahorrarnos el trabajo de pensar. ¡Qué horror! A mí que no me resuelvan las dudas. Sin la posibilidad de cuestionarlo todo y a todos, incluido uno mismo, nos abocamos al conformismo y la desesperanza. Tendemos a olvidar que la curiosidad es el mejor revulsivo contra el populismo y la demagogia. Beruete nos invita a vivir interrogándose permanentemente. Esa es la única manera de transitar por la incertidumbre sin perder la brújula.

Ahora que parece haber solo un horizonte, trazado por cuatro charlistas de tres al cuarto, su escritura amplía nuestro campo de visión y realiza sorprendentes conexiones entre ámbitos aparentemente alejados. Beruete desarrolla el paralelismo existente entre el cultivo de uno mismo y de la tierra. No por nada educar es otra acepción del verbo cultivar.

Ahora que los jóvenes y no tan jóvenes viven pendientes de sus móviles (según recientes estudios los consultamos por término medio entre 150 y 200 veces al día), «urge refundar la alianza con la naturaleza». ¡Háganse verdólatras, jardinósofos y aprendívoros!, disfruten los libros de Beruete, se los aconsejo vivamente, son verdaderos tratados en los que enraízan con fuerza miles de reflexiones: rezuman en su prosa belleza ética y estética, con sus libros nos llegan ecos que nos devuelven a algo que estamos perdiendo a borbotones: la naturaleza, de la que tenemos tanto que aprender y a la que deberíamos tener tanto que preguntar.

Quien siembra, recoge: el problema ahora es que los millonarios transgénicos siembran por nosotros. Ellos siembran y ellos recogen sus enormes ganancias. Y ellos nos podan pese a que estemos vivos, me acuerdo ahora de aquella película: Amanece, que no es poco .