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Tiene mi hija un mirlo cojo que recogió en el campo, debajo de un árbol porque tenía una pata partida y no podía volar. El veterinario le ha dicho que es mirla y que no se puede hacer nada para arreglar la fractura. Dice que por lo demás está perfecta y que es un privilegio clandestino tener un pájaro de estos en casa porque es especie protegida, pero si la suelta, no tiene ninguna posibilidad. Y el problema es si se puede tener un pájaro discapacitado en una jaula, ese invento del hombre que chirría con el concepto de libertad. Ah, usted dispense por incluir libertad, ultrajada por gentes sin escrúpulos que no creen en ella pero la manipulan.

Me sumo a quienes no la pronunciarán más hasta que los profanadores no pidan perdón por tomar esa palabra en vano. Bueno, que la mirla sigue tan pimpante dos meses después del rescate. Come, bebe, pía de vez en cuando para regañar o exigir y, a saltos, se posa en el hombro, le pica la mano y hasta enreda su pata rota en el pelo de la cuidadora. Parece que no le duele, como parece que acepta de mil amores lo de con la pata quebrada y en casa, que fuera hace mucho calor y no hay piedad con las minusvalías. Acoger y cuidar animales cuesta tiempo de trabajo y dinero (que se lo pregunten al fundador de Natura Park) y a veces lo único que se recibe a cambio son improperios de quienes tienen tirria a los animalistas (horroroso adjetivo).

La mirla bonita, que atiende por ‘Lisi’, tiene un hermano sobreviviente de la caída y llega todas las tardes a saludar a su hermana. Todo va bien, puede que se digan. Hasta mañana. Parece que son felices.