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Los dirigentes de los partidos populistas y ultranacionalistas europeos ya pueden ir aguzando el ingenio en busca de nuevas razones en contra de la inmigración. Claro que ello sería así si persiguieran auténticas razones y sus argumentos no se basaran en simples reacciones defensivas ajenas a la auténtica situación de una Europa envejecida. Y es que amén del deber moral de atender a la inmigración, lo cierto es que en los últimos tiempos se están amontonando los estudios demográficos que establecen la necesidad de que nuestro continente reciba a millones de inmigrantes sin cuya aportación laboral el crecimiento económico se vería seriamente dificultado.

Emerge aquí lo que podríamos denominar tópico número 1: los inmigrantes se quedan con los empleos de los nuestros. Ojo, los inmigrantes no quitan empleo a nadie, por el contrario, al incorporarse a la sociedad de sus países de acogida consumen bienes y servicios y pagan impuestos, en definitiva, favorecen el crecimiento de la economía. Tras ese tópico se pueden encontrar otros que hacen alusión a su escasa formación, cuando datos fiables están probando que muchos jóvenes tienen la suficiente como para acceder a un trabajo.

Es más, quienes llegan no buscan sólo la mejora económica sino también una cierta promoción social, algo que abona el hecho de que cada vez con mayor frecuencia llegan inmigrantes que poseen cierta solvencia en lo económico. Ante todo ello, Europa no puede seguir con una política migratoria difusa, cuando no de obstrucción. El tan cacareado, «es la economía, estúpido», es aplicable en este caso. Dados por sentado sentimientos humanitarios. ¿Verdad?