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Tengo dicho y escrito que el PSOE es un partido esencial en nuestro sistema democrático, algo que le ocurre también al PP y a algunas otras formaciones –como el PNV– en sus respectivos territorios. También lo era CiU hasta que el delirio de Mas y su ‘procés’ acabó con su centralidad y hasta con su propia existencia, dinamitando la política catalana, algo de lo que los demás partidos deberían tomar nota para evitar que ese caos gubernativo se contagie al resto de España.

Ahora que las elecciones en la Comunidad de Madrid han dejado claras bastantes cosas, sería muy bueno que se comenzase a aparcar, en primer lugar, el inmundo lenguaje guerracivilista, que produce arcadas a los ciudadanos.

La buena noticia es que otro PSOE es aún posible. El sanchismo todavía controla los resortes esenciales del partido, pero muchos socialistas le tienen ganas al embustero por antonomasia, aunque todavía guarden un inexplicable silencio. Haber abandonado la socialdemocracia para abrazar ideas trasnochadas como las de los neocomunistas de Podemos, o de grupúsculos extremos de la más variopinta ralea, le acabará costando al PSOE una concatenación de derrotas electorales de las que la de Madrid ha sido solo la primera. El sanchismo es el poder por el poder, movido a golpe de consigna prefabricada, autoritario, completamente desideologizado y sin más pretensión que asegurar la poltrona al jefe y a su camarilla de incondicionales, cada vez más desprestigiados ante los propios electores de la izquierda moderada. Sánchez trata de ocultar el número de votantes progresistas que ha acabado votando a Ayuso . Estos son los que se han equivocado; él es, por supuesto, infalible.

La historia nos demuestra que los principales responsables de la destrucción de muchos partidos políticos se encuentran precisamente entre sus afiliados. Sánchez es el peor enemigo de la historia del socialismo español. Cuando finalmente se marche, habrá dejado un PSOE muy tocado, si antes los propios socialistas no lo defenestran (por segunda vez). Rivera lo ha sido de Ciudadanos, cuyo destino es la disolución debido a una serie de errores estratégicos de sus líderes. Rajoy y su entorno dejaron hundido el PP y, de paso, fueron corresponsables por omisión del auge independentista. Del PP balear y el inefable Bauzá , qué les voy a contar. Unió Mallorquina –partido esencial durante treinta años en la vida política balear– fue víctima de media docena de iluminados sin escrúpulos y dotados de muy poca inteligencia.

Pero los espacios políticos de unos y otros perviven, y tarde o temprano tendrán que ser ocupados. El votante socialdemócrata añora un PSOE centrado y moderno, y rechaza los llamamientos al violento frentepopulismo de hace noventa años.

El votante centrista balear precisa también un nuevo referente político, porque la oferta actual es de andar por casa, poco ambiciosa y centrada en mensajes identitarios que son una rancia antigualla en una sociedad pluricultural como la nuestra.

El PP balear tiene por fuerza que volver a aglutinar el voto la derecha, incluyendo a esos votantes que, fruto del cabreo y movidos más por las tripas que por el raciocinio, abrazaron la opción de un grupo de disidentes, que no otra cosa es Vox: una simple escisión del PP.