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Hace siete años el Real Mallorca bajó a Segunda B, un descenso a los infiernos que provocó que casi todo se tambaleara, incluso la propia existencia del club. El martes, el equipo de Javier Aguirre culminó su redención definitiva y volvió a citarse con la historia. Sin duda, regreso la escuadra de las grandes gestas y éxitos. Eliminó a la Real Sociedad en Anoeta y selló su pase para la final de la Copa del Rey, que se disputará el 6 de abril en Sevilla. Se trata sin duda de un logro que será recordado y que ha desatado la euforia y la ilusión entre la hinchada bermellona. El partido de Donostia, con el guardameta Greif y el mallorquín Darder como grandes protagonistas, devuelve al Mallorca a un primer plano: 21 años después volverá a pelear por el título de Copa.

La marea roja.

Ahora, la afición está volcada en apoyar a su equipo en la esperada final, donde según los primeros cálculos podrían desplazarse unos 20.000 aficionados, la mayoría de ellos en vuelos especiales e incluso en barco. Entre esta enorme marea roja se encuentra una nueva generación de mallorquinistas, que podrá disfrutar por primera vez de ver a su equipo en una gran cita futbolística. Este relevo generacional y la llegada de abonados jóvenes al club es otro de los grandes éxitos que ha logrado la entidad a lo largo de estos últimos años.

Sin precedentes.

La mítica final que se disputó en Elche el 28 de junio de 2003 y que acabó coronando al Mallorca de Etoo, movilizó a unos 15.000 seguidores, una cifra que casi con toda seguridad se superará en la capital andaluza. Esta cuarta final de Copa refuerza también el papel que ha desarrollado la propiedad americana, más paciente que cualquier otra, desde su llegada. Si hasta ahora se había valorado su inversión continuada en el club, la final de Copa refuerza el proyecto deportivo. Ahora solo falta ganar.