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La tasa interanual del Índice de Precios de Consumo (IPC) del pasado mes de abril, publicada este pasado viernes por el Instituto Nacional de Estadística (INE), alcanza ya el 2,2 por ciento; debido, en mayor medida, al alza en los precios de la electricidad y de los combustibles. Desde el año 2018 no se tenía constancia de un repunte tan alto del IPC; en los últimos años, caracterizado por una estabilización de los precios. En este caso, el incremento de la inflación se produce en un contexto socioeconómico muy diferente. El país se encuentra inmerso en una severa crisis como consecuencia de la pandemia y con una tasa de desempleo que encabeza los países de la Unión Europea. Son elementos que golpean con dureza las empresas y familias.

Sueldos congelados.

Los incrementos salariales están congelados, circunstancia de la que Baleares es un claro ejemplo en sectores tan importantes como la hostelería y el comercio. Los sindicatos han aceptado aplazar la renovación de estos convenios ante la catastrófica situación en la que se encuentra la mayoría de las empresas, una pérdida de poder adquisitivo agravada por el aumento de precios en suministros tan esenciales como el de la electricidad y los combustibles. Lo más preocupante es la impresión de que se trata de una dinámica sostenida. Los síntomas de reactivación económica llevarán aparejados un tirón de los precios que todavía castigará más a las clases medias.

La economía despierta.

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El único factor positivo se encuentra, precisamente, en el arranque económico del país y, en especial, en Baleares con la temporada turística. En las próximas semanas se acelerará la salida de los ERTE y del paro de miles de trabajadores, los cuales sufren con especial gravedad la subida de los precios. Es la otra cara de la moneda en un escenario económico todavía muy incierto pero donde empiezan a surgir más elementos positivos.