La barbería sigue manteniendo la esencia de toda la vida. | Cati Amores

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Hace medio siglo que Joan Garí Garcias (Llucmajor, 1951) cogió las riendas de la que ha sido sin duda la barbería de su vida. Y es que desde los once años, su vida es la de esta peluquería de caballeros que en 1950 se construyó de la mano de Sebastián Salvà, quién fue maestro de Garí.

«A los once años, después del colegio, venia a la barbería para aprender la profesión, siempre supe que quería que fuera mi trabajo», y es que aunque nadie de su familia trabajaba en este campo, Joan siempre quiso que ésta fuera su profesión y es que, según sus propias palabras, una vocación.

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Después de estar 6 años a los mandos de su maestro, a los 17, una barbería de s'Arenal fue a buscarle para ser oficial. Él dijo que sí y se fue cinco años a trabajar a la nueva barbería sin olvidar nunca sus raíces y donde empezó. Tanto es así que en el año 1973 el que había sido su maestro fue a buscarle para ofrecerle su barbería en propiedad, «para mi fue todo un honor, y al haber sido mi maestro fue como si se lo pidiera un padre a un hijo», contó Joan Garí.

El maestro sabía que había tenido un buen aprendiz. Y así lo ha demostrado a lo largo de estos cincuenta años al pie del cañón donde nunca le ha faltado el trabajo. Hoy, ya jubilado, sigue con sus quehaceres en la barbería y atendiendo a sus clientes más fieles, «Mis clientes son los que me animan pidiéndome que no cierre. Tengo clientes a los que cortaba el pelo de bien pequeños que siguen viniendo, a pesar de que ahora, los jóvenes busquen otra cosa».

Y es que, como su vida, su trabajo también ha cambiado con los años, «antes, afeitábamos a casi todos los clientes, ahora nos dedicamos más a cortar». Los utensilios de peluquería también han sufrido esta evolución «yo aprendí con navaja, ahora mucha gente pide que use la maquinilla». Sea como sea él sabe que es bueno en lo suyo y por eso «no tengo miedo a nada, me pidan el corte que me pidan creo que soy capaz de hacerlo». Garí aprendió con la observación, puesto que al principio solo barría, recogía y lavaba alguna cabeza» y quizá eso fue lo que hizo el barbero que es hoy en día.

Si le preguntamos cuáles son las cualidades que no puden faltar a un buen barbero lo tiene claro, «además de maña y una mana ligera, debes tener don de gentes y ejercer un poco de psicólogo», y es que los clientes son amigos y su peluquería un lugar seguro donde desahogarse, hablar con amigos y pedir opinión a alguien de confianza.

Y aunque el relevo generacional no ha sido posible en su caso, Garí confía en que aún le quedan muchos años más porqué «hasta que la salud me acompañé y mis clientes estén contentos con mi trabajo, seguiré con las tijeras en la mano.»