Cada mañana María echa un par de cubos de agua. | M. À. Cañellas

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Frente a la sequía, el calor extremo y el cambio climático hay una vecina que ha decidido aportar su granito de arena. Más bien, su gota de agua. Un pequeño gesto de rebeldía y resistencia ante la apisonadora del calentamiento global. Pero muchos pocos hacen un mucho. A primera hora del día, María Inarejos, una residente de la calle Manacor, coge cada mañana un cubo y una garrafa cargada de agua, esquiva el escaso tráfico de la vía, cruza tres carriles y vierte su contenido en una esmirriada jardinera, agostada por las olas de calor y los 35 grados que azotan la ciudad sin descanso todo el mes de agosto. ¿Su misión? Salvar el árbol que otea cada día con preocupación desde su balcón.

«Todos los vecinos de la finca hemos llamado al Ajuntament de Palma pero no nos hacen ni caso. Cuando me responden, me dan otro número de teléfono y vuelves a llamar», cuenta Inarejos desde su salón, repleto de plantas lozanas y tapetes de ganchillo. «Ya estuvimos cuatro años para conseguir que nos pusieran las luces de Navidad. Parece mentira pero somos una de las calles más importantes de Palma y nos tienen abandonados. Desde Avingudes y desde la calle Manacor hasta el mar hay una dejadez tremenda», señala su marido, Donato Sánchez, que lamenta que es una zona de la ciudad que no goza de tanto mimo en sus zonas vedes ni en inversiones públicas.

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María Inarejos y Donato Sánchez, en su balcón, desde donde se ve el árbol.

Mientras tanto, la calle Manacor se está volviendo una zona más comercial, con empresarios atraídos por los precios más económicos de sus locales frente al resto de la ciudad. Tozuda, Inarejos baja cada mañana desde principios de mes, después de contemplar con preocupación cómo el arbolillo frente a su casa va tiñendo sus hojas de marrón. Un observatorio urbano de los efectos del cambio climático. El césped de la mediana ha sucumbido al calor y la falta de agua. «Aquí hay muchísimo asfalto. El árbol se está secando pero esto ya viene desde hace tiempo. Los vecinos tenemos un grupo de whatshApp y lo veníamos comentando», dice Sánchez. Son la memoria viva de cómo la ciudad se ha ido transformando en las últimas décadas. «Cuando vinimos a vivir a este piso, en 1985, todo esto estaba lleno de césped y lo cuidaban».

Más verde

Unos metros más allá, otros árboles disfrutan del riego por goteo y además, cuentan con setos bien recortados. La demanda de Inarejos y Sánchez es la de contar con más verde en su calle, por la que pasan miles de vehículos cada día. «Solo pedimos más verde. Si no bajo a regar, el árbol se me muere», insiste la vecina. Es posible que María Inarejos sea solo una vecina que riega un árbol. Pero esta pequeña guerrilla ciudadana también es la muestra de la preocupación de los palmesanos por un patrimonio natural que no debería ser un lujo, sino una necesidad.