Captura de la señal del Tribunal Supremo, del ex delegado del Gobierno Enric Millo, durante su declaración. | Tribunal Supremo

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El ex delegado del Gobierno de Cataluña Enric Millo ha detallado el clima de hostigamiento, con numerosas «acciones violentas» y ataques, que se vivió en esa comunidad ante el «planteamiento suicida» de Carles Puigdemont de celebrar un referéndum contra el que el Govern no iba a dar «marcha atrás».

«Intimidación», «acoso», «hostigamiento», «agresividad». Son muchos los términos que ha empleado en el juicio del «procés» el entonces máximo representante del Gobierno en Cataluña para abundar en el creciente ambiente de violencia que se vivió desde que en septiembre se aprobaron las leyes de desconexión.

Un escenario que «de pacífico no tiene mucho», como dan cuenta los más de 150 episodios de «acoso, hostigamiento y violencia» que, según ha explicado, tuvieron lugar ante edificios públicos, cuarteles y hoteles donde se alojaban policías.

Según Millo, a partir del 10 de septiembre se generó un clima en el que «allí donde había una acción de la policía judicial, aparecía un grupo numeroso de personas para acosar, gritar, hostigar, amenazar» e incluso «agredir directamente vehículos y personas».
«Arrojar objetos incendiarios no es pacifico, es violento (...) Pintar en una pared 'Millo muerte' muy pacífico no es», ha denunciado Millo, que ha confesado que su hija limpió dicha pintada.

Era, según ha descrito, un «clima de crispación que hacía prever que el 1-O podía haber un riesgo para la integridad física de las personas» que solo podía evitarse si el expresident Carles Puigdemont lo desconvocaba.

«La respuesta -ha dicho- fue que él haría lo que tenía que hacer». Ya se lo confesó en su primera reunión en diciembre de 2016, cuando Puigdemont le manifestó que no podía «dar marcha atrás».

Un encuentro en el que el exdelegado se encontró «una silla vacía» (mismo término empleado por los acusados en referencia al Gobierno de Mariano Rajoy) ante un Puigdemont que nunca se salió de su «planteamiento suicida": «Yo voy a convocar el referéndum y después seguimos hablando».

No era «partidario» de ir tan deprisa el exvicepresident Oriol Junqueras, quien, aunque consciente de la «situación complicada» que podría abrirse tras el referéndum, le comunicó que se debía a su «compromiso» político.

Pero también le insinuó tensiones dentro del Govern, dado que algunos miembros tenían que hacer «un esfuerzo importante para demostrar» que eran más independentistas que él.
Ya centrado en el 1-O, Millo ha acusado a Puigdemont de alentar las concentraciones en las que se constituyeron «murallas de personas» que se enfrentaron violentamente contra los agentes: «Vimos ejercer la violencia contra agentes de manera clara, en un choque evidente».

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Ese día, ha continuado, pidió al expresident que lo desconvocara «para evitar males mayores», pero éste continuó «animando a todo el mundo» a la votación y, lo que le pareció aún «más irresponsable», aplaudió a aquellos «que estaban defendiendo las urnas y los colegios», con un «llamamiento implícito» para seguir con su defensa, «como si alguien estuviera atacando».

Era, como se ha referido en varias ocasiones, «el mundo al revés», donde se alentaba a actuar contra los agentes para «defender» las instituciones catalanas, dando a entender «que alguien las estaba acatando», es decir, la propia policía judicial.

Según Millo, la de Puigdemont fue una intervención «muy desafortunada» porque a raíz de ella se incrementó el número de personas concentradas «dispuestas a enfrentarse, oponerse, en algunos casos violentamente a la policía judicial».

De hecho, cuando los agentes constataban que estos tenían el «objetivo claro» de enfrentarse con ellos se replegaron «porque el riesgo para la integridad física de los concentrados era excesivamente alto».

Millo ha cerrado filas con la Policía y la Guardia Civil el 1-O, que actuaron «proporcionalmente y de manera ejemplar», y ha desvelado los «testimonios estremecedores» que le contaron días después, donde vio dedos rotos, fracturas de pierna y un chaleco antibalas rajado de extremo a extremo con un «objeto punzante».
Incluso, ha dicho, un agente le contó que había caído en la «trampa del Fairy: verter detergente en la entrada de un colegio para que cuando los policías entraran, resbalaran, cayeran y luego les patearan en la cabeza».

Millo ha relatado la «tensa» Junta de Seguridad previa al 1-O entre el Gobierno y el Govern, donde se vivió una «situación esperpéntica».

Desde la Conselleria de Interior se les prometió que los colegios estarían cerrados antes del referéndum, algo que «es evidente» no se hizo, y el exconseller Joaquim Forn y el Mayor Josep Lluis Trapero pidieron que las Fuerzas del Estado se fuesen porque los Mossos tenían «capacidad sobrada» para impedir el 1-O.

Aquel día Millo detectó «una línea política» compartida entre Trapero y la Generalitat, aunque el Mayor mantuvo una posición «matizada» porque, sin contradecir al Govern, que insistía en que el referéndum se celebraría, prometió que los Mossos no incumplirían el mandato judicial, una posición «muy difícil de entender».

Finalmente, se produjo una «quiebra» y se «impuso la línea política por encima del criterio profesional».

Tras el 1-O, llegó la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) que, según Millo, no fue «una broma» sino que «iba en serio», hasta el punto de que «nadie en Cataluña pensó que era simbólica», como la catalogaron los acusados.