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En esta guerra en la que se han metido PP y Vox, por ahora han perdido los dos socios. Vox ha amargado a Marga Prohens sus cien días al frente del Govern y ha dejado claro que tiene en sus manos al PP y que Prohens es prisionera de quien quiera mande ahora en la formación de extrema derecha, aparentemente Sergio Rodríguez. Pero Vox también ha pagado su precio, porque esta crisis ha servido para comprobar que en la formación hay grietas que se hunden a mayor profundidad de lo que se sospechaba.

Por decirlo de otra manera, quien ha ganado esta batalla, que no la guerra, es la oposición, que asiste rumbosa a una pelea entre socios, a pesar de que unos y otros saben –socios de Govern y oposición–    que el desencuentro durará apenas unas horas o unos días, lo que tarden ambos partidos en ponerse de acuerdo para marcar un calendario para la libre elección de lengua en la enseñanza y aprobar un techo de gasto que dé vía libre a unos Presupuestos que incluirán dos elementos esenciales para los socios: la bajada de impuestos que preconiza el PP y la Oficina Lingüística que necesita Vox para hacerse valer entre los suyos.

La derrota parlamentaria del PP tiene otro análisis singular sobre cómo se gestiona un gobierno de pacto. Muchos de quienes ahora están en el Govern han ocupado puestos en ejecutivos previos, pero lo han hecho en gobiernos de mayorías absolutas, con José Ramón Bauzá o con Jaume Matas. El último PP que gobernó en minoría fue el de Gabriel Cañellas entre los años 1991 y 1995, en el jurásico político de la historia de esta comunidad, y desde entonces se han ido alternado el PP de las mayorías absolutas y los pactos de izquierdas.

El castigo a Prohens puede tener que ver con esa percepción equivocada. Este PP está condicionado por un pacto y eso significa que debe negociar con sus socios, le guste o no. No es lo mismo gobernar con mayoría absoluta que hacerlo con un partido que se dedica a poner piedras en el camino. Los dos han perdido en esta guerra, pero lo curioso es que ambos se sienten victoriosos. Uno se conforma con haber dado la imagen de que    manda sin estar en el Govern; el otro cree que oponerse a las derivas ultramontanas en materia de lengua le centran políticamente.