Los vecinos de un bloque de viviendas de Palma no pueden más: gritos, peleas y ruido. | Youtube Ultima Hora

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«Esto no es vida. Tengo 28 años y la tensión alta por los nervios», confiesa Margarit Sashev, vecino de una finca de la plaza del Pintor Francesc Rosselló de Palma, que lleva meses denunciando que una local de ocio nocturno ubicado en los bajos del edificio está haciendo la vida imposible a todos los residentes. Aseguran que incumple de forma flagrante la normativa de ruidos, está mal insonorizado y los propietarios no evitan las peleas continuas, que los clientes hablen a voz en grito cuando salen a la calle, hagan sus necesidades en las escaleras o tiren vasos y botellas en las zonas comunes.

«De jueves a domingo ya sabemos que no podemos dormir. Es imposible. Cuatro residentes que estaban alquilados han hecho las maletas y se han mudado. Los que no lo hemos hecho es porque somos propietarios o no podemos permitírnoslo», lamenta este vecino que vive en el tercero, pero escucha la música como si estuviese en el mismo establecimiento. En este sentido, Margarit recuerda que una vecina de la primera planta reformó su casa, pero terminó poniéndola en alquiler porque no podía aguantar más. «En el anuncio especificaba que solo lo arrendaba a gente que trabajara en horario nocturno. La inquilina se está mudando esta misma semana. Tampoco ha podido soportarlo», recalca.

Dolores Fernández, otra de las vecinas afectadas que ha querido hablar con Última hora, asegura que el problema con este establecimiento «viene de lejos». La primera denuncia procede de septiembre de 2019. Vinieron a tomar mediciones y el local incumplía los decibelios. No supieron más. Ni medidas ni sanciones. «Fuimos al ayuntamiento e intentamos informarnos, pero no pudieron o no quisieron decirnos nada», denuncia esta mujer. Pocos meses después llegaría el confinamiento por la pandemia, las restricciones y el cierre del ocio nocturno durante meses. Fue un año y medio de paz. Cuando el Govern dio el visto bueno a que los bares de copas reabrieran, el local lo hizo con otro nombre, y la pesadilla volvió para los vecinos.

«¿Usted sabe lo que es recuperarse de un ictus con ese infierno constante en casa cuatro días a la semana? Eso me ha tocado a mí. A esos del local, que saben lo que nos están haciendo, les da igual. Y nadie hace nada, ni el Consistorio ni la Policía Local. Nos han abandonado a nuestra suerte. Es la pasividad lo que nos duele. Aquí no hay quien viva», lamenta Dolores, al tiempo que Margarit Sashev, que es el presidente de la comunidad de vecinos, recalca que llaman todos los fines de semana a la policía: «La mayor parte de las veces no sirve para nada. Nos dicen que no tienen patrullas para desplazar, y cuando te dicen que ya vienen, es mentira. La semana pasada estuve dos horas esperando. Nadie se presentó».

Vecinos de Gomila: Aquí no hay quien viva
Desislava Hristova, Margarit Sashev, Elena Martínez y Adrián Fernández son algunos de los vecinos de esta finca ubicada en la plaza Pintor Francesc Rosselló. FOTO: Jaume Morey

En este sentido, Margarit recuerda que la semana pasada tuvo que llamar a una ambulancia porque le dio un ataque de ansiedad. «El sanitario intentó escucharme el corazón con el estetoscopio, pero le fue imposible por el ruido que había en la casa. Al final terminé en urgencias». Otro vecino, Adrián González, que vive en el sexto piso de este edificio de la plaza Pintor Rosselló, apunta que duerme con tapones para evitar el ruido, pero la vibración ahí está. «No sé cómo lo soportan los que viven más abajo», confiesa este joven, que vive de alquiler en la finca, y está pensando en mudarse, pero los números no le salen. Tendrá que seguir conviviendo con el ruido hasta nueva orden.

Inseguridad

Otras de las afectadas hace hincapié en el clima de inseguridad que se ha generado en la zona. Elena Martínez dice que hay ciertas horas en las que no se atreve a pasear al perro, mientras que otra vecina, Desislava Hristova, señala que no se acerca por los bajos del edificio por miedo. «La última vez que vino la policía, bajé a ver si actuaban, y el portero del local me increpó diciéndome que 'a ver qué iba a decir yo'. Ya no solo no dormimos, ahora también tenemos que tenerles temor», agrega esta mujer.

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Cartel que cuelga de una de las ventanas de esta finca.

«No sabemos qué permisos tienen, pero ese local abre desde las 23 horas hasta las cinco de la mañana de jueves a domingo. Ya no solo es el ruido que tenemos en casa y en la calle, es la suciedad, las peleas, la falta de sueño... yo trabajo en la construcción. Esto es duro. Mi pareja y yo nos acabamos de recuperar de la COVID-19. Imagínese enfermo, confinado y con ese ruido machacón de la música retumbando en la habitación. Es un sufrimiento. Y nadie nos hace caso», finaliza Sashev.