Jaume Garau considera que se debe iniciar una transición pactada sobre los límites medioambientales. | T. Ayuga

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Bajo una porxada, al abrigo de los rigores del estío, Jaume Garau analiza los problemas de fondo que aquejan a la sociedad balear; en especial aquellos que amenazan su bienestar en estos tiempos de pandemia. Palma XXI también habla de cambiar el actual modelo económico, pero huye de la radicalidad y las prisas. Se pretende abrir un período de transición que garantice el progreso económico y social alcanzado en Baleares durante las próximas décadas.

Quizá sea empezar por el final, pero ¿el problema de Baleares es que sobra gente?

—Prefiero hablar de un problema de gestión. Es cierto que muchos emigrantes llegan atraídos por el turismo y se cierra un círculo vicioso; ésta es una de nuestra debilidades. Para bajar el paro nos vemos obligados a traer más turistas, una circunstancia que se agrava en momentos de crisis como los actuales. Y está claro que las ayudas públicas no resuelven el problema.

¿Es de los que le satisface esta crisis?

—No lo puedo estar. Cierto, me gusta esta tranquilidad y sin agobios, pero no a costa de la destrucción de miles de empleos. En el Observatorio estamos alrededor de un millar de personas y consideramos que la reducción del sector turístico se tiene que hacer de una manera progresiva; se trata de hacer una transición planificada y ordenada con la implicación del Govern y de la sociedad. Mire, el modelo actual es suicida y, además, muy vulnerable. Lo que ocurre es una buena prueba de ello.

Disculpe, el turismo nos ha salvado de muchísimas crisis ...

—La economía de las Islas tiene un riesgo mucho mayor del que pensábamos. La diversificación, por ejemplo, ha sido un tema recurrente en el que la sociedad no está todavía concienciada. Para reorientar nuestra economía se necesitarán años, una generación... No es un proceso sencillo.

¿De qué hablamos? ¿De cupos?

—Creo que hay que fijar un máximo de turistas, tan sencillo como determinar la máxima carga medioambiental que pueden soportar las Baleares. Hablo de nueve a diez millones de visitantes, las cifras de 2008. Esto significa reducir la planta hotelera, sin duda, y no digo que sea una tarea sencilla. Tenemos que establecer una batería de medidas que nos permitan ser más independientes del turismo y mejorar la capacitación laboral de nuestros trabajadores. Tenemos que ser una isla ecológica. Insisto, no planteo una transición rápida, pero hay que empezar a trabajar. Hay posibilidades en la capitación de inversiones internacionales en la captación de energías limpias, la protección medioambiental, en sanidad ... No podemos depender sólo de la inversión pública.

¿Implicando a la propia industria?

—Invertirían si se dieran las condiciones necesarias de rentabilidad y seguridad. Los grandes fondos deben vernos como un lugar interesante para invertir.

Supongo que entiende que haya quienes se muestren escépticos ...

—Es el momento de hacer el cambio, estamos al borde del límite. Está claro que más turismo no significa más bienestar social. Si no lo hacemos ahora, ¿cómo será la próxima crisis? Todos tenemos derecho a pedir más calidad de vida porque la clase media en las Islas la ha perdido y ésta es una preocupación muy latente en la sociedad. La clave es cómo lo hacemos, no debería ser complicado llegar a un consenso para la transición de la que le hablo.

¿Tampoco queremos alquiler turístico?

—El problema del alquiler turístico y la gentrificación que genera en determinados barrios es la falta de regulación. Hemos dejado llegar el exceso y se ha optado por la prohibición; no sabemos gestionar la intensidad turística. Creo que en el alquiler turístico la cosas positivas superan a las negativas, pero no es posible un crecimiento exponencial y desfigurar lo que es Mallorca, su cultura y su territorio.

¿En Palma XXI se sienten escuchados? Sus propuestas tratan de ser posibilistas.

—Más en la calle que en la Administración. Nosotros queremos tener una silla en los centros de decisión, la sociedad civil tiene un valor que merece ser tenido en cuenta.

¿Con el actual marco institucional es posible todo este cambio? ¿Se pide más autogobierno?

—Tiene que haber, sin duda, más connivencia del Estado. Todas las instituciones tienen mucho que ganar en este proceso, pero las grandes corporaciones tienen que tener una mirada con proyección de futuro. Es probable que en el futuro las crisis sean más frecuentes y el turismo es muy sensible a las incertidumbres e inseguridades. El turismo en el futuro no desaparecerá, afortunadamente, se trata de acompasar su flujo porque no sólo es tener turismo de élite.

¿Turismofobia?

—No conozco a ninguno, pero criticar cómo se hacen las cosas no significa ser turismofóbico; de todos modos lo más radicales no tienen ningún apoyo social.

Los cruceros, otro gran caballo de batalla ...

—Tienen más inconvenientes que beneficios, su impacto económico no está biene valorado, se tiene que hacer un estudio serio y fijar la carga máxima del puerto de Palma; para mi con uno al día es suficiente.

Ha ocupado cargos públicos, ¿le gustaría ser ahora conseller de Turisme?

—Ya no tengo ninguna ambición política. El Govern intenta reactivar la economía y lo hace bien, en lo que no trabaja es en esta transición; aquí es donde le veo el riesgo político. Se tiene que trabajar desde ya, cuando pase esto no podemos volver a la situación anterior. Sería una barbaridad.