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«Todos vamos a votar, porque es un derecho y una obligación para intentar cambiar esto». Son las palabras de Manu, uno de los portavoces de los concentrados en la plaza de España de Palma, pero resume el sentir de los «indignados» que hoy se turnaban para acudir a los colegios electorales de las islas.

Esta mañana, unas 200 personas se reunían en asambleas, leían los variopintos carteles reivindicativos, consultaban información sobre la Ley Electoral y, sobre todo, organizaban el campamento instalado en pleno corazón de la capital balear para continuar un día más pidiendo un cambio en el sistema económico, político y social.

Este ha sido el quinto amanecer entre sacos de dormir, cartones y alguna otra tienda de campaña que ha contemplado desde su pedestal, bandera de Islandia en mano, la estatua de Jaime I «El Conquistador», con la resaca de una noche en la que entre 1.200 y 1.500 personas asistieron a la asamblea nocturna, de las cuales alrededor de 150 se quedaron a dormir.

Cada día están más organizados y ya cuentan hasta con cuatro baños portátiles cedidos por una empresa, comida de sobra donada desinteresadamente para alimentar hasta a los mendigos y una guardería que esta mañana tomaba forma con dos o tres niños.

Una de las madres era Laura, profesora de 34 años que cree que con estas protestas la gente tiene, por primera vez desde hace mucho tiempo, la posibilidad de tratarse «de tu a tu» y pasar de la pasividad a la acción, sintiendo que tiene algo que decir y «el derecho a ser escuchado».

Su voz queda apagada por el sonido de los tambores y las trompetas de una procesión religiosa que, paradójicamente, atraviesa la plaza de España.

Es el contraste de «la España eterna tocando el tambor y paseando a sus vírgenes» y un movimiento de protesta «2.0», como resume Alberto, un jubilado de 75 años que vivió en Francia el Mayo del 68 y a quien se le saltan las lágrimas de emoción al ver la frenética actividad de los jóvenes.

El también ha ido a votar, aunque «con la nariz tapada» ya que el bipartidismo actual le parece «repugnante», en contraste con este movimiento, que califica de «fantástico» y «maravilloso» mientras camina trabajosamente ayudado por su bastón.

Coincide con Alberto en que el voto es necesario Ramón, de 18 años, que opina que no hacerlo sería una «hipocresía» puesto que si se quiere cambiar la democracia hay que participar en ella.

Parapetado por una mesa roja semicircular llena de panfletos, trabaja en el grupo de información y anima a que no se vote en blanco para que el sufragio no beneficie a los partidos mayoritarios.

Mientras Alberto pasea y Ramón pone su granito de arena a la causa, los concentrados siguen organizándose para la jornada con el lema de que «esto no será el final», y planean conciertos, una obra de teatro, debates sobre la democracia y, a las 21.00 horas, como cada día, una asamblea en la que debatirán, entre otras cosas, si quedarse o no más allá de la jornada electoral.

Lo que no les falta, afirma Adriana, parada de 35 años que dedica todo su tiempo libre a la protesta, es ayuda. Los mallorquines han donado kilos y kilos de comida, almohadas, sombrillas, agua y multitud de cosas más, una solidaridad a la que se han sumado algunas tiendas cercanas.

Con la incógnita de si las protestas continuarán, aunque envuelta en un sentimiento unánime de que debe ser así, la plaza de España o «plaza de Islandia», como ya la llaman los habituales, sigue secundando hoy las numerosas concentraciones en otras plazas del país y ha marcado ya una campaña electoral en la que aún queda ver si habrá sorpresas.