El escritor Miquel Sbert i Garau (Llucmajor, 1952). | R.C.

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Como dice Sebastià Alzamora, a la poesía nunca se llega tarde y, de hecho, en realidad no se llega nunca a ella, ni pronto ni tarde. Lo afirma el escritor en el epílogo de Setanta (Lleonard Muntaner), el primer poemario -al menos publicado- de Miquel Sbert (Llucmajor, 1952) donde el autor, motivado por su entorno más cercano, lleva a cabo un ejercicio memorialístico. Lo presentará esta tarde, a las 19.00 horas, en el Claustre de Sant Bonaventura de Llucmajor, acompañado por la editora Maria Muntaner y el propio Alzamora en un acto moderado por Dolors Pericàs.

«Me pedían que escribiera mis memorias, pero me negué: no tenían suficiente interés o yo no tenía ninguna motivación. No interesaban a nadie o yo no quería que interesaran a nadie. En todo caso, cuando cumplí 70, pensé que sería buena idea hacer una reflexión por mí mismo. Así que empecé a escribir cosas, pensamientos sobre mi trayectoria vital. Cuando llevaba ya una buena colección, decidí pararme en el número 52, que es el año en el que nací, tomando un sentido cíclico», cuenta Sbert.

En este sentido, el libro empieza y acaba con las ganas tan irrefrenables como inesperadas de escribir. «A todos los que nos gusta la tradición oral, las rondalles, el teatro o las películas incluso, sabemos que toda narración es un paréntesis que se abre y que, cuando se cierra, se entra en el mundo de la fantasía, imaginativo o no, pero se cierra y acaba la ficción. Con Setanta pasa un poco lo mismo. Considero que es importante tener en cuenta el círculo en el que nos movemos. Al fin y al cabo, nacemos cobrando consciencia de la oscuridad y al morir volvemos a ella. Esa es la realidad», apunta.

La de Sbert es una «escritura autoconsciente, metapóetica», tal y como señala en el prólogo Miquel Cardell. «Es una confesión a mí mismo, también me río, porque no nos tenemos que poner tan trascendentales. Una cosa es pasar cuentas y la otra es darse cuenta de que la vida sigue su curso a pesar de todo», añade.

El poemario, pues, se nutre, por ejemplo, de su experiencia en la enseñanza. «Me he pasado toda la vida en una escuela. Con tres años comencé a ir a ca ses monges, luego vino Bachillerato, Magisterio, Filologia, profesor de Secundaria, inspector… Es lógico que tenga un cúmulo de satisfacciones y frustraciones en torno a la educación, que es mi quimera y mi curolla. Después también he trabajado en literatura y tradición oral, pero ha sido más bien algo complementario. Mi trabajo vocacional y profesional siempre ha sido la escuela. Podríamos decir que soy un maestro que ha hecho otras cosas», cuenta.