El cantante y compositor Manolo García, que actuará en Palma el 18 de agosto, en una imagen promocional de su último doble álbum. | Montse Capel

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Tal y como reza el clásico de los Stones Times is on my side, el tiempo está del lado de Manolo García. Impecable a sus 66 años, de los que más de cuarenta ha dedicado al rock. Infatigable, cercano, humilde y de un optimismo crónico, el catalán no da el tipo de superstar pero pocos solistas son capaces de convocar a masas en torno a sus versos de redención, amor y asfalto. Canciones que van directas a las partes sensibles, armadas con una poesía exenta de pretensiones. Por extraño que pueda resultar, en su juventud    ilustró estuches con la iconografía de Hello Kitty, trabajaba para una empresa que tenía los derechos del personaje. Pero a Palma llegará con Mi vida en Marte / Desatinos desplumados, un doble álbum fruto de un revelador trance creativo. Los presenta el jueves 18 de agosto en el recinto Trui Son Fusteret, a partir de las 22.00 horas.

¿Cómo discurrió el trance creativo que culminó con Mi vida en Marte / Desatinos desplumados?
—Hay una necesidad de ligazón con la vida. Leí un artículo sobre Frida Kahlo, decía que su vida estaba ligada indiscutiblemente al arte. En mí siempre ha habido esa misma necesidad, sentir que le eres útil a la vida y que quizá tu creación le aportará algo a alguien.

En estos tiempos en los que la música ha pasado a convertirse en un bien de consumo rápido, ¿hay que ser muy osado para lanzar un disco doble?
—Hay que ser muy antiguo, venir de un tiempo en el que esperábamos el último disco de Eagles o David Bowie como agua de mayo, y si era un disco doble ni te cuento. Confiabas en ese artista y sabías que su palpito te aportaba algo. Vengo de un tiempo en el que el arte estaba más presente en el negocio musical, no hablo de los artistas, sino de los que explotan el negocio musical.

Portada de uno de sus dos nuevos discos.

¿Han cambiado su metodología compositiva y sus fuentes de inspiración?
—Hay algunos puntales sencillos, uno es incorporar un instrumento nuevo siempre, que pueden ser unas castañuelas, no hace falta que sea algo muy sofisticado. Para las letras me sigo inspirando en la realidad que nos rodea.

¿Qué explora la parte más personal de sus canciones?
—Hay una fijación, no es una obsesión pero sí está ahí flotando, que es el paso del tiempo, yo quiero alejarme de esa percepción que lo liga con la decrepitud, necesito vivir el presente. Mi meta es hoy,      huyo de la nostalgia como de la peste.

¿No le parece que el rock ha dejado de ser esa especie de movimiento revolucionario que fue en otra época?
—Totalmente, al sistema todo lo que le molesta lo fagocita y regurgita. No le interesan los creadores que incitan la reflexión, sino el consumo. El rock tuvo un papel revulsivo y eso se está perdiendo.

¿Qué canción le anima en las horas bajas?
—Escuchar a Pink Floyd o Bowie me sigue dando esperanza.

John Huston desconfiaba de quienes afirmaban ‘no tener enemigos ni sentir inquina por nadie’, ¿por qué ser bueno es tan difícil?
—Porque vivimos en un mundo hostil. Ganó Caín, la vida va de comer o ser comido.

¿Qué está socialmente sobrevalorado?
—La publicidad, hay demasiado anuncio de cerveza y demasiada tontería. Hemos pasado de la sociedad de nuestros abuelos, que se conformaba con comer cada día al consumismo desmedido. Cuando la felicidad va de Ferraris y mansiones la cosa se pone muy jodida.

Mantenerse fiel a sus principios, inmune a fuerzas externas que manipulen su discurso ¿es algo que haya visto peligrar?
—No, siempre he sentido los mismo impulsos. Mi objetivo en la vida es buscar la tranquilidad, y es muy difícil.

El mejor consejo que le han dado...
—Un profesor de literatura me dijo ‘lee’.

¿Qué le diría Manolo García a aquel chaval que pintaba mochilas de Hello Kitty a orillas de los 80?
—Que aguante el envite, porque las circunstancias sociales y vitales cambiarán, es ley de vida.