El seleccionador español Luis Enrique Martínez, en el centro de la imagen, en un entrenamiento durante esta Eurocopa. | MARCELO DEL POZO

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El debut de España en la Eurocopa 2020 dejó un sabor agridulce por su falta de puntería y un puñado de certezas desde una identidad definida y trabajada por Luis Enrique Martínez, con una muestra de potencial físico, pero incertidumbres en la ausencia de liderazgo de un gran referente y la inestabilidad defensiva en el poco juego ofensivo del rival.

La mano de Luis Enrique se ve en un grupo de futbolistas trabajado, con automatismos adquiridos y acoplados a un sistema que extiende el cuidado del balón desde la posesión, con una presión alta que permite robo tras pérdida en campo rival.

España funciona como un bloque, juegue quien juegue. Su problema radica en el rival. La conocen de memoria y no dudan en renunciar a su identidad para encerrarse en su terreno, reducir al máximo los espacios y sacar a relucir las carencias de la selección española. La satisfacción dentro del equipo español radica en su identidad inalterable. Los jugadores entienden que ante selecciones candidatas a todo no se repetirán los mismos problemas y tendrán opción de mostrar su verdadera identidad. En el recuerdo los seis goles endosados a Alemania.

Había dudas del estado físico de los internacionales españoles tras la preparación más extraña de un gran torneo. El positivo de coronavirus de Sergio Busquets alteró el paso, se dejó de entrenar en grupo y a Luis Enrique se le complicó todo.

Ese descanso activo, sin embargo, no se sintió en La Cartuja, con jugadores mostrando plenitud física a pesar del calor. Con capacidad para dominar y presionar con intensidad la salida de balón del rival y para alcanzar porcentajes de posesión abrumadores, un 82 por ciento.

El rejuvenecimiento del bloque que da forma a la selección española, el recuerdo reciente de malas actuaciones en grandes torneos, provocan unas ganas de triunfar que impulsan un ímpetu desde el pitido inicial hasta el final. La selección española muestra hambre y unión en jugadores identificados con una idea que se han alejado del egoísmo personal para enfocar el bien del grupo. Todos se sienten titulares y saben que en un momento de cada partido pueden ser decisivos. Es lo bueno de un grupo corto por el que apostó Luis Enrique, que tiene enchufados a todos sus jugadores.

Para aspirar a ganar una Eurocopa es obligatorio tener un delantero que intimide al rival con su pegada. España, a la espera de que Luis Enrique dé paso a Gerard Moreno, carece de esa figura. Con Álvaro Morata. el seleccionador encuentra el trabajo que demanda a cada jugador, el esfuerzo máximo en la presión en ayudas defensivas que son clave, pero la confianza que le otorga la titularidad no se refleja en el gol.

Es un jugador de rachas, capaz de marcar en el momento más impensable como de perdonar lo que un punta nunca debe. Así ocurrió ante Suecia. Los silbidos que sufrió tras fallar una clara ocasión de gol acabaron sacándole del partido. La falta de puntería se extiende a los dos compañeros de ataque del madrileño y a los jugadores de campo que llegan desde segunda línea. Mejorarla es obligatorio para aspirar a algo. Ante Polonia este sábado toca rectificar y regresar a la senda el triunfo y a la del gol. Es innegociable.