Las conductas machistas no se deben permitir. | @ KamranAydinov

El machismo se ha puesto de actualidad estos días, debido a los incidentes ocurridos en el colegio mayor Elías Ahuja de Madrid, donde varios residentes que profirieron gritos e insultos machistas a las estudiantes de otro colegio mayor. Ante esta situación, cabe preguntarse si somos más machistas que nuestros padres. La coach personal y de salud, Marga Almarcha, sostiene que «tildar como tonterías los insultos machistas de los que fueron objeto las residentes de un colegio mayor de Madrid es en sí mismo otro acto de violencia invisible. Con ello sólo seguimos normalizando este tipo de actuaciones, que solo llevan a dar por sentado que actuar de esa manera es justificable, sobre todo si ha habido un abuso de bebidas alcohólicas previamente».

A su modo de ver, «la sociedad igualitaria a la que nos gustaría dirigirnos se convierte en un anhelo cuando todavía como mujeres tenemos que aguantar ciertas humillaciones que, para colmo se les resta importancia por parte de ciertos políticos. Es ahí cuando nos damos cuenta de que la violencia invisible campa a sus anchas y que todavía hay mucho trabajo para hacer si realmente queremos una sociedad donde a la mujer se la vea como el ser humano que es y no como a la persona a la que se le pueden dirigir los insultos que sean bajo el umbral de 'es una broma o una novatada'. Actuaciones así pone de manifiesto el papel de superioridad que ha adquirido el hombre a lo largo de los años y que, aún, estando en el s. XXI todavía no se ha deshecho de él».

En este punto, la coach se pregunta qué podemos hacer como colectivo. «Principalmente, dejar de normalizar estas conductas y otras parecidas que se den en cualquier ámbito de la vida. Es decir, ningún escenario es válido para referirse a la mujer en ciertos términos y, aunque a veces en fiestas, discotecas o sitios de recreo se disfruta de un ambiente distendido, esto no es excusa para tener este tipo de comportamientos por muy normalizados que estén».

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Otra medida es «dejar los mensajes paternalistas a un lado y llamar a las cosas por su nombre sin pretender minimizar las conductas. Esto pasa por tomar conciencia muy seriamente, de la forma en la que se comunica la sociedad de la que formamos parte y preguntarnos si realmente queremos seguir con ese modelo y con las consecuencias que eso derive». Además, propone «asumir las responsabilidades derivadas de nuestras conductas, tanto de las activas como de las pasivas: si yo como mujer ante hechos así no actúo, minimizo y lo peor lo justifico, estoy normalizando la violencia».

Almarcha destaca que es fundamental «ser ejemplo en casa. Nuestros hijos hacen lo que ven y escuchan y las familias son la primera escuela donde niños y adolescentes aprenden. De ahí la enorme importancia de mantener un lenguaje y conducta alejadas del machismo y de la violencia invisible como el insulto entre otras muchas; criando de una forma respetuosa y teniendo en cuenta la perspectiva de género y la perspectiva de privilegio».

Por último, explica que «es importante asumir que con mis actos puedo estar causando un daño a otra persona, aunque a mí me parezca que es una tontería; asumir esto nos lleva de la mano a poder reparar. Parece que, así como la belleza a veces nos pasa desapercibida, ciertos comportamientos machistas los hemos hecho invisibles. Una forma de tomar cartas en el asunto sería empezar a trazar un plan donde pudiéramos identificar, desmontar, visibilizar y actuar para prevenirlos y generar los cambios necesarios en nuestro propio entorno personal, familiar, social y profesional».