Uno de los alimentos que más se consume es el cerdo y sus derivados a la brasa. | Redacción Digital

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El día de san Antonio Abad fue conmemorado con las monumentales fogatas que conocemos como foguerons en numerosas poblaciones mallorquinas. Acercarse a su entorno proporciona una forma eficaz y grata de combatir el frío del invierno y sus rescoldos son aprovechados muy menudo para asar la chacinería local más tradicional. Esta oportunidad de disfrutar del fuego y contar con el recurso ideal para asar, e imprescindible si queremos hacerlo a la brasa, es paralela a la que tiene lugar el día de sant Sebastià. Este último santo, cuya festividad tiene lugar tres días más tarde, como patrono urbano que es, no puede igualar la esplendidez y número de los foguerons antonianos artanencs, manacorins, poblers o murers. Sus devotos palmesanos se conforman con distribuir estratégicamente medios bidones metálicos, donde oportunamente preparan domesticadas hogueras, con las que poder remedar el arcaico placer gastronómico que puede proporcionar el fuego.

Noticias de esta antigua, sencilla y seguramente muy divulgada manera de disfrutar la chacina de cerdo a la brasa aparecen ya en la culinaria romana. En su principal tratado, el de Apicio, se indica que una de las formas habituales para preparar las lucanicas, embutidos originarios de la italiana ciudad de Luca comparables a nuestras salchichas, era hacerlas subassatas. Seguramente heredera de esa costumbre clásica es la nuestra de asar carne, preferentemente de cerdo y en concreto tocino y sus derivados a la brasa, para consumirlo directamente y de inmediato. Testimonios de la misma podemos situarlos en tierras valencianas como mínimo en el último cuarto del siglo XIII. Así lo hace ver un documento de 1280 donde se alude a cierto sujeto que llevaba una butifarra en la mano con la pretensión de comérsela bien regada con vino, cuyo color o clase no se especifica. Finalidad semejante tenía la práctica de asar lonchas de tocino a la brasa, según podemos verla atestiguada en un antiguo manuscrito del grupo de tratados culinarios franceses titulados Le Viandier. Su primer manuscrito se remonta a principios del siglo XIV y en sus páginas se menciona expresamente la Charbonnée de lart o Carbonada de tocino, traducible por tocino a la brasa de carbón.

Una conducta del mismo orden y con la misma designación podemos encontrarla un siglo más tarde en tierras catalanas de la Corona aragonesa, recogida por un médico francés, buen conocedor de su realidad popular. Se trata de Jacques Despars (1380-1448) quién al comentar determinados libros o partes del monumental Canon de Avicenna, principal enciclopedia del saber médico medieval, recoge costumbres de los lugares que visitó. Entre ellas refiere la de asar laminas tenues porcine carnis, dictas carboneas, en tabernas, albergues y establecimientos similares, con el fin de estimular el consumo de vino. La transmisión y pervivencia de esa costumbre de unir el vino a las carnes de cerdo y productos chacineros a la brasa, no cabe duda que ha venido perseverando hasta nuestros días y ha continuado disfrutándose con escasas modificaciones.