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Sofreímos una cebolla finamente trinchada, y antes de que se dore le añadimos, en la sartén, con aceite de oliva, ciento cincuenta gramos de jamón de York cortado en dados. Rehogamos esta mezcla durante unos cinco minutos, y lo cubrimos luego con un poco de agua o, en su caso, caldo de carne. En cuanto hierva, incorporamos trescientos gramos de guisantes desgranados y previamente ablandados con agua y sal a fuego lento. Seguidamente distribuimos ambos preparados formando mezcla en cuatro cazuelitas o platos planos individuales, forrados con mantequilla, y rompemos dos huevos sobre cada ración. Finalmente metemos los recipientes en el horno para que cuajen los huevos, aunque evitando en lo posible que las yemas se endurezcan demasiado.

Esa es la receta que bien puede acompañar el relato Dónde están todos del popular escritor norteamericano Rod Sterling, experto en narraciones de misterio: «El joven entró en el restaurante, se sentó en un taburete frente a la barra, olió el gorgoteo del café familiar y reconfortante y miró los letreros que había en la pared anunciando el sándwich Denver, las hamburguesas de toda la vida, las quesadillas y sobre todo los huevos con jamón al estilo del lugar… Tomó la carta del menú, que estaba apoyada contra el servilletero y la estudió atentamente mientras lanzaba miradas ocasionales a la cocina del fondo. Alcanzó a ver cuatro pasteles que se estaban dorando, a través del cristal del horno, y sintió otra vez la sensación de algo familiar, algo amistoso que le diera confianza. Dijo: Quiero unos huevos con jamón y también unas patatas fritas y ralladas. Mientras esperaba, el café burbujeaba en su recipiente esmaltado y el vapor se elevaba en el aire. Se acercó sin ver a nadie, olió de nuevo la bebida caliente, encontró un vaso con asa y se sirvió una taza. Se apoyó contra la pared posterior de la mesa de corte y bebió a pequeños sorbos el café, gozando de su sabor, que seguía pareciéndole casero. Luego pasó, siempre sin hallar persona alguna, a la pieza anexa para tomar un gran buñuelo de un recipiente de cristal y lo mordisqueó lentamente mientras seguía dando pequeños sorbos a su café. Se preguntó: ¿Dónde estaba la gente? Masticó el último pedazo de buñuelo, se ayudó para tragarlo con el café que le quedaba…»