El bacalao con briznas de perejil crujientes.

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Cuando hago mi visita semanal a un restaurante, siempre escojo un sitio con platos que me dan campo para escribir algo interesante. Pero el plan A puede fallar: algunas veces, por ejemplo, la música de fondo está a volumen de discoteca y no quieren bajarla. En esas ocasiones hago marcha atrás y nunca vuelvo a aquel sitio. La semana pasada el plan A (un sitio bien conocido en la zona de plaza España) fracasó por una razón inédita: bajaron a media asta la persiana metálica de la puerta un viernes a las dos y diez de la tarde. Una locura. Entiendo la frustración de los dueños por no tener ningún cliente a las dos, y sin reservas, pero no se puede tirar la toalla a esta hora en una zona donde miles de trabajadores en oficinas no terminan hasta las dos y media o las tres.

Pero nunca es un problema cuando el plan A no da resultado, porque siempre tengo un plan B: otro restaurante cercano y adecuado. Pero en esta ocasión el plan B por primera vez no funcionó… y por una razón totalmente contraria: el restaurante estaba a tope y había gente esperando mesa. Como nunca hago cola, tuve que pensar en un plan C. Felizmente era uno de estos días cuando mi ángel de la guarda estaba a mi lado y me dirigió a un restaurante conocido muy cerca donde terminé comiendo el mejor bacalao a la brasa de mi vida. No hay mal que por bien no venga, a veces es un dicho muy verdadero, sobre todo cuando uno tiene cercano su ángel de la guarda.

El restaurante era Tast Avenidas en Comte Sallent (Tel:971-101540) donde siempre he comido muy bien aunque sirven la peor caña que conozco. Al echar un vistazo a la carta, lo primero que me llamó la atención fue una media ración de bacalao a la brasa al muy asequible precio de 8,50 euros. Supuse que sería un trozo pequeño de una de las partes menos nobles del bacalao, pero lo pedí porque el bacalao es el bacalao y siempre cae bien.

Sirvieron un trozo del lomo (la parte más noble), una pieza bien grande por ser media ración a 8,50 euros. Sin embargo, lo bueno no fue su tamaño sino la perfección de su punto de cocción. Cocinar a la brasa es muy difícil porque es un calor muy traidor, difícil de controlar y con muy poco margen para errores. Pero el cocinero no falló en nada. La suculencia del bacalao fue magistral, la carne abriendo como hojas de un libro, y con texturas y sabores impecables. Lo sirvieron con briznas de perejil crujientes y sin aceite residual, algo que se ve poco hoy día, porque se tiene que hacer en el último instante y eso es una traba cuando la cocina está trabajando a tope. También había una ración de excelentes patatas fritas que en un restaurante de este categoría valdría 3,90 a 4,50 euros. El bacalao merecía un 10 y tantas medallas de oro como fueron distribuidas en los recientes Juegos Olímpicos de Tokio. Vaya ángel de la guarda más bueno que tengo.

Otra cosa muy buena que tiene Tast es que hay postres a 4 euros. Hace muchísimo tiempo que no he visito postres a este precio en restaurantes de este nivel. Una tarta de queso al estilo mallorquín fue muy acertado y un bote de albaricoques machacados con maracuyá (también conocida como fruta de la pasión) fue delicioso.