El baba listo para vacunar. | Andrés Valente

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Cuando voy a un restaurante para hacer una crítica, las cosas más singulares pueden ocurrir: como, por ejemplo, que el cocinero piense que soy un espía para otro restaurante. Cuando Alain Alzerat de Les Artistes, de Plaça Comtat de Rosselló (Tel:871-504883) me vio fotografiando el primer entrante, enseguida tenía la mosca detrás de la oreja: merodeaba cerca de la mesa, finalmente preguntando: «¿Viene de otro restaurante?».

Al traer el plato principal, había otra pregunta: «¿Por qué hace fotos de los platos?». Como ya no iba a pedir otro plato, le dije que estaba ahí para hacer una crítica. Pero como le falta vocabulario, no me entendía. Me decía que mandaría una persona que hablaba bien el español. Y así fue cuando conocí a Monika.

Ella es su camarera, que en aquel momento no estaba de servicio por las medidas anti COVID pero, como vive cerca, había parado para saludar a Alain. Monika, que es polaca, llegó con un café con leche en la mano y se sentó en la otra silla. Ella sí que habla español y, como todas las personas centro-europeas que he conocido, sin el más mínimo rasgo de acento extranjero. Y de su boca las palabras surgieron como un verdadero tsunami. Eso me fue de maravilla porque al contar sus experiencias laborales en diferentes países, y sus planes para el futuro, pude escuchar, embelesado, y seguir comiendo mi onglet.

La importancia del postre

Llegué a decir a Monika que estaba escribiendo un crítica y ella, como buena camarera que es, preguntaba si el onglet estaba bien. Le dije que era perfecto, pero no le ofrecí un trozo para probar porque me había dicho anteriormente que es vegetariana desde los nueve años. Alain paraba en la mesa y Monika le explicó lo de la crítica. Alain parecía aliviado de que estuviera ahí para escribir sobre sus platos y no para robar sus ideas culinarias. Tanto es así que invitó a Monika a comer y ella pidió una sopa de cebolla.

A los postres, dije a Monika que yo no pediría ninguno pero que haría una foto del suyo (hay que recortar gastos como sea) y ella haría la crítica. Monika es como mi amigo y compañero de página, Antoni Contreras, en el sentido de que una comida tiene que terminar con buenos recuerdos dulces. Antoni dice que un buen postre puede salvar una comida que ha salido mal y un mal postre puede estropear una comida de las buenas… porque cuando nos levantamos de la mesa el postre es el último recuerdo que llevamos.

Monika y su sopa de cebolla.

Pues Monika, como Antoni, supo escoger un postre inolvidable: el baba au rhum de los franceses, o el baba al ron como decimos en España. Para Monika el baba es muy especial, no solamente porque es elegante y bien dulce, sino porque tiene, como ella, sus raíces en Polonia. Es un pastelito cilíndrico de masa enriquecida con huevos y mantequilla que llegó a ser famoso en Francia como baba au rhum (está empapado con ron) gracias al exilio del último rey de Polonia, Stanislas Leszczynski (1677-1766), en Nancy (Lorena).

El baba de Alain es insólito, en mi experiencia, por su presentación. Normalmente, se empapa el baba en la cocina pero, como se puede ver en la foto, es el propio comensal que aplica el ron… a través de una jeringuilla de plástico. Así uno puede ir pinchando en diferentes partes del baba. Monika, que es una buena vendedora, dice a los clientes que ellos tienen que ‘vacunar’ al baba. Es una manera muy eficaz y divertida de distribuir el ron. Probé una cucharada y lo encontré el más suculento que he probado y le otorgó un 10. El veredicto final es para Monika: «Inyectar el ron así da una textura ligera. Como una nube de lluvia sobre Varsovia en un día al final del verano». No podía decirlo mejor.