La homicida confesa a la salida de la vivienda de Son Canals. | Pascual Ribot

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Dos días después del terrible crimen que se vivió a caballo entre Sineu y Palma, ya se empiezan a descubrir los motivos y el procedimiento con el que Toñi llevó a cabo el truculento asesinato de su tía. Cerca de las 14.30 horas de la tarde de ayer, la asesina confesa se despedía del barrio de Son Canals en Palma después de haber hecho la reconstrucción de los hechos con el Grupo de Homicidios de la Policía Nacional. Al grito de «asesina, asesina», se despidieron varios vecinos que observaban la escena desde sus balcones a la espera de poder proferir un adiós al más puro estilo cinematográfico. A su vez, Antonia se tapaba con una chaqueta de color azul para no dejar su rostro al descubierto.

En Sineu la escena fue mucho menos violenta. El mallorquín de pueblo es discreto y en el centro de Mallorca lo demostraron una vez más. Decenas de personas se acercaron hasta las proximidades del lugar donde se perpetró el apuñalamiento, pero en silencio y sin entorpecer la actuación policial en ningún momento. Al menos en ese instante. Allí casi nadie conocía ni a la víctima ni a la arrestada. Aun así, como no podía ser de otra manera, se mostraron consternados. «Nunca imaginas que este tipo de cosas puedan pasar en un pueblo tranquilo como el nuestro», contaron.

Acto seguido, la arrestada fue trasladada hasta la casa donde se llevó el cuerpo de su tía, ya sin vida, en el interior de una maleta de color rojo. Según pudo saber este periódico, durante gran parte de la reconstrucción la homicida se mostró distante, fría y se mantuvo en silencio. Estaba como ausente.
En este punto, la expectación era menor a nivel mediático, pero los vecinos se convirtieron en los protagonistas inesperados de la historia. «Hija de puta, asesina», gritó uno de ellos que aguardaba desde la esquina. Al unísono, desde un balcón que preside la calle Passatge de Son Real, empezaron a vociferar «Asesina, asesina, asesina» a Antonia. Minutos antes, un señor de avanzada edad que paseaba con su perro, se acercó hacia nuestra posición para comentarnos resignado que «para luchar toda la vida y acabar así no vale la pena luchar».