El monitor acusado, en el banquillo de la Sección Segunda de la Audiencia de Palma. | Guillermo Esteban

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La compañera de trabajo del monitor acusado de reiterados abusos sexuales en un colegio de Palma notó un comportamiento chocante en el joven. Vio algo «raro», recuerda, un viernes lluvioso. Fue en la Sala de Dormilones, un aula habilitada para el descanso de los alumnos de tres años. Allí se produjeron los supuestos abusos, entre septiembre de 2010 y abril de 2011. «Mi compañero estaba sentado rodeado de niños. Tenía a una nena delante de él. Estaba muy tensa y me miraba fijamente. Él la abrazaba y le daba besos por el cuello. No me pareció normal que la besara por el cuello. Esa actitud era más propia de una pareja», señaló la mujer ante el tribunal de la Audiencia en la última jornada del juicio, que quedó visto para sentencia.

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El joven, español de 31 años, afronta 12 años de prisión por dos delitos de abusos sexuales continuados una vez que la Fiscalía elevó a definitivas sus conclusiones.

En las conclusiones, la fiscal aumentó a ocho años la inhabilitación al acusado para ejercer cualquier profesión vinculada a la educación de niños: «Es una persona con muchísimo riesgo para los menores». El abogado del procesado reclamó su absolución y pidió que no se valorara la exploración de las menores porque no pudo estar presente durante el interrogatorio. El joven, en el turno de la última palabra, reivindicó su inocencia. «Todos los cargos que se me imputan son falsos. Durante este proceso ha habido múltiples ocasiones para llegar a una serie de pactos para rebajar la condena pero mi conciencia no me lo ha permitido», zanjó.