El noreste de Mallorca se llevó la peor parte del temporal y amplias zonas arboladas quedaron arrasadas, como los pinos de la finca Montblanc, en la foto. | ultimahora.es

TW
8

Fue la madre de todos los temporales. Entre el 10 y el 11 de noviembre de 2001, ahora hace diez años, Mallorca sufrió el peor temporal que se recuerda. Cuatro personas fallecieron, miles de árboles fueron arrancados, las infraestructuras públicas quedaron dañadas y el suministro eléctrico suspendido en un tercio de la isla. Una década después, la deforestación y la ausencia de masa forestal aún es visible en montañas y bosques del Noroeste.

La borrasca más intensa que se ha vivido en el Mediterráneo Occidental desde 1950, llegó a Mallorca en forma de frente frío, procedente del Ártico. Una combinación letal permitió que se convirtiera en un temporal devastador: las lluvias torrenciales -en Sóller cayeron 245 litros por metros cuadrado en horas- llegaron acompañadas de rachas de viento huracanado, de hasta 150 kilómetros por hora. Los efectos no se hicieron esperar: más de 150.000 árboles -muchos de ellos pinos centenarios- fueron arrancados de cuajo y otros quedaron tumbados. Gran parte de la isla quedó sin luz ni electricidad, y muchas carreteras cortadas. Llegó el caos, que se prolongó varios días. Las pérdidas fueron millonarias y dos años después el Govern ya había pagado 37 millones de euros para paliar los dramáticos efectos de la furia del cielo.

Cuatro fallecidos

Lo peor, empero, fue la muerte de cuatro personas: un trabajador golpeado por una rama en Calvià; un taxista aplastado por un árbol en el Paseo Marítimo; un motorista que chocó contra un árbol caído y un operario electrocutado en Alcúdia. Capdepera, Son Servera, Cala Millor, Pollença, Alcúdia, Muro, Formentor, Cala Agulla, sa Font de sa Cala y Cala Sant Vicenç, entre otros municipios y enclaves, no olvidan el peor temporal de las últimas décadas. Los trabajos de desembosque fueron complicados y duraron meses. Además, las consecuencias medio ambientales fueron trágicas.

Diez años después, Mallorca no ha olvidado esos dos días fatales, en los que el cielo descargó su ira entre el 10 y el 11 de noviembre.