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La fauna nocturna en la calle Misión de San Diego, en segunda línea de s'Arenal, asusta más que la de un zoo. Prostitutas españolas, brasileñas y nigerianas conviven -y hasta se ayudan- con carteristas rumanos. El objetivo más cotizado es el turista borracho que regresa al hotel renqueante. Al caer la noche, se abre la veda.

El hampa campa a sus anchas en s'Arenal. La crisis, empero, también ha afectado a los bajos fondos. Los turistas tienen cada vez menos poder adquisitivo y llevan las carteras más vacías, sobre todo cuando vuelven a su apartamento tras una noche de maratón alcohólico. De dos a cinco de la madrugada la situación degenera. Los delincuentes rumanos alquilan siempre coches Seat León de color rojo o negro -¿un homenaje quizás a Stendhal?- y patrullan la zona. Se apean y se juntas con sus amigas prostitutas. La Fierecilla -una chica española pequeña y mona- es una fuera de serie hurtando carteras.

Primero monta el espectáculo en un banco con un figurante. Simulan el acto sexual en público y los beodos más calientes -es decir, la mayoría- se acercan ensimismados. El resto es fácil: ella se levanta, la apoyan otras féminas, y entre varias rodean al pardillo. Le toquetean sin piedad y aquél pierde el sentido. Y luego la cartera. Son manos ágiles, menudas, que en segundos te dejan sin documentos y dinero.

La única regla sagrada es respetar al autóctono. A los mallorquines o españoles casi nunca les molestan, porque saben que casi siempre denuncian. Los veraneantes, en cambio, pocas veces acaban con su historia en la comisaría. La resaca pesa demasiado. Además, si el tema se complica los hampones cuentan con El Gigante, un fornido rumano de aspecto similar a Conan el Bárbaro. Él se encarga de hacer entrar en razón a las víctimas que se encaran con La Fierecilla. Con él también trabajo otro fenómeno: El Técnico, otro rumano que hace del carterismo un arte. En mayúsculas. A unas calles de allí, entre árboles, se esconden las nigerianas. Más rudas y primitivas en las formas. Usan el pingüino para robar a sus clientes, que con los pantalones bajados no pueden correr tras ellas. Las españolas y brasileñas prefieren el sandwich, más civilizado e igual de efectivo.

Pero no todo es golfería. Entre esta curiosa fauna hay un travesti que se viste de rojo. De día es obrero; de noche travelo. Le gusta su trabajo -el nocturno- y a veces hasta lo hace gratis, para sorpresa de sus clientes. Ya es muy conocido en la zona. El último romántico de la calle Misión de San Diego.