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El 26 de diciembre de 2004 se produjo la gran ola que llevó consigo muerte y destrucción al sudeste asiático. Ayer se cumplió un mes de la tragedia y, de las estimaciones iniciales que hablaban de miles de fallecidos, se señala ahora que los muertos y desaparecidos ascienden a casi 230.000, aunque todavía no se ha establecido ningún método certero de censar a las víctimas.

La cifra más segura son los 99.031 cadáveres enterrados ayer la fecha en las fosas comunes y sepulturas improvisadas.

En la costa oeste de Sumatra, frente a cuyo litoral se situó el epicentro del maremoto, viven aisladas cientos de miles de personas a las que todavía no llega la ayuda humanitaria, según el Programa Mundial de los Alimentos.

Allí, el índice de mortalidad, según Médicos del Mundo, podría haber alcanzado el ochenta por ciento de los afectados.

La terrible situación que vive Aceh, hasta donde se desplazó Pedro Prieto, enviado especial de Ultima Hora, provocó la solidaridad mundial que se transformó en envíos a Sumatra de personal médico de urgencia, tropas humanitarias y cantidades enormes de dinero para paliar sus efectos.

La ciudad más afectada por etsunami fue Banda Aceh. El mar se llevó por delante el centro de la urbe, bajo cuyas casas aparecen diariamente más de un millar de cadáveres y modificó para siempre su planificación urbanística. Según el precepto islámico, está prohibido construir encima de la sepultura de un musulmán, y el antiguo centro de la ciudad está copado de banderas indonesias atadas a palos que recuerdan donde no se podrá construir en el futuro. Incomprensiblemente para los occidentales, los acehnenses muestran cada día sus mejores sonrisas y se toman la vida después detsunami con un más que macabro humor negro.

Según manifestó Nywan, un joven locutor de radio local que perdió su trabajo el día que el mar entró en la tierra, y que cada día agradece a las tropas extranjeras que hayan venido hasta aquí a ayudar a su pueblo: «¡Espero que nos veamos en el próximo tsunami».