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El desgraciado accidente sufrido esta semana en el Medusa Beach Club de la Playa de Palma no es una simple cuestión de casualidad o de mala suerte. Algunos medios de comunicación apuntan hacia una posible ilegalidad en la construcción del edificio. Dejemos que los técnicos competentes nos lo expliquen cuando lo hayan investigado.

Sin embargo, ese derrumbamiento sobrecogedor que arrastró la terraza, las paredes y el suelo me parece un símbolo de lo que es Mallorca: una isla que soporta una sobrecarga espantosa. Aquel paraíso abarrotado de turistas que, en plena primavera, cuando aún no hemos llegado al auge del verano, aparece invadido por multitud de turistas.

Los turistas nos ahogan y Mallorca se hunde ante su peso incontrolable. Se producen grandes atascos a causa de los coches de alquiler. Las calles comerciales son ríos de gente que agobian a los ciudadanos de a pie.

Leí que, en Venecia, se hace pagar una pequeña tasa para entrar en el centro de la ciudad. Venecia es un ejemplo de ciudad desbordada por el turismo. Me parece una muy buena idea que se pague por visitar el centro. Hay que poner freno a la muchedumbre que atasca, ensucia y maltrata la belleza de esa joya del mundo. Palma es una ciudad deliciosa. Es un deber de todos los ciudadanos y de quienes la gobiernan luchar por su supervivencia. Más aún: tenemos que cuidarla, respetarla y agradecer la suerte de vivir en ella. Todos tenemos claro a estas alturas que necesitamos el turismo para vivir. Hay muchos tipos de turismo. Existen fórmulas para garantizar que se proteja a la ciudad de quienes la degradan.

Es terrible lo que sucedió en el Medusa. Las muertes y los heridos constituyen una tragedia, pero aún estamos a tiempo de rectificar: queremos construcciones seguras y turismo controlado. Es nuestro reto y nuestro deber.

Los espacios son un reflejo de quienes los habitan. Una ciudad bella suele tener unos ciudadanos civilizados y conscientes. Si posees un tesoro, cuídalo. Demuestra que lo mereces.