TW
0

En un artículo de análisis, publicado poco después de la derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales, The Washington Post cifraba en 30.573 las mentiras del exmandatario durante los cuatro años de su presidencia. Dicho de otra manera, la mitomanía presidencial había alcanzado una media ligeramente superior a las 20 unidades de información fraudulenta al día. Sin duda, el dirigente impuso un estilo en el que la ficción iba más deprisa que la realidad, lo cual no deja de ser desesperante para la comprensión del ciudadano medio. Le preocupaba dominar el relato, más que serle fiel a la realidad, la cual no parecía amar. Realidad y mentira, son elementos que con el uso se vuelven fungibles, dejando solamente un poso o un rastro para una narración a la altura de un tiempo liquido.

Si Goebbels impuso la frecuencia o insistencia como dinámica de la mentira y Trump consiguió que durante su mandato la falsedad alcanzara ritmo de claqué, la derecha española ha introducido el tono como elemento de persuasión. «A ver si ahora no nos podemos enfadar (con gente de confianza)», decía Díaz Ayuso para exculpar a su jefe de gabinete Miguel Ángel Rodríguez, un forajido de la comunicación institucional, de las amenazas dirigidas a una periodista de Diario.es. Ciertamente, hace tiempo que se puede observar que si al discurso de la bancada de la derecha del Congreso de Diputados le bajas el tono queda poca, o ninguna, substancia. No obstante, si la agresividad encuentra sus altavoces la cosa cambia. Me refiero a altavoces mediáticos, con ellos es posible convertir el ruido en una historia para consumo de seguidores.

El derecho al enfado es absolutamente lícito e, incluso, sano. Fue un movimiento surgido de la indignación ciudadana el que puso en cuestión el régimen de 1978 e hizo entrar en crisis el bipartidismo de la Transición. En cierta manera, los últimos gobiernos de coalición son hijos de aquella ola de irritación. Podría decirse que en el enfado anida el germen de la protesta y del cambio. Pero, Díaz Ayuso y su equipo son maestros de la ambigüedad, utilizan los conceptos siempre en referencia a lo individual, nunca en relación a lo colectivo. La verdad sesgada. Libertad para tomar cervezas, en plena pandemia mientras se protocolizaba la no asistencia hospitalaria a los ancianos de las residencias, o enfadarse con gente de confianza, pero no protestar contra la acción de su gobierno. Se irritan para neutralizar al adversario y ocultar su debilidad.

En política, la tonalidad, además de oscilar, es un valor maleable, de ahí su eficacia y adaptabilidad. Por ejemplo, el juez Manuel García-Castellón, en las movilizaciones del Tsunami Democràtic, donde hace cuatro años veía protesta o resistencia civil ahora ve terrorismo. No hace falta explicar el porqué del giro. Cambia la percepción sobre el tono simplemente para entorpecer un proceso político amparado en una mayoría parlamentaria. Hace política torticera aprovechando su posición de privilegio y refugiándose en la separación de poderes. Se trata de una dinámica que se repite con frecuencia: el Estado profundo –policía patriótica y derecha judicial– fabrica e institucionaliza el bulo y el eco de los altavoces de la derecha mediática lo convierten en noticia. Así nace un fake.

La triada de protagonistas fabricantes de bulos nos recuerda tres incumplimientos: 1) la promesa electoral de modificar la ley Mordaza, 2) el mandato constitucional de la renovación del Consejo General del Poder Judicial y 3) el desarrollo legislativo del principio constitucional del derecho de los ciudadanos a una información veraz. Efectivamente, un tono subido sirve para esconder el prolífico bosque de la realidad.