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Me pasa lo mismo cuando veo los combates de judo por Teledeporte. Ya sé que se trata de cinturones negro con no sé cuántos danes de propina, pero por más esfuerzos que hago solo alcanzo a ver a dos fulanos cogidos por el cuello intentando hacerse una y otra vez el mismo tipo de zancadilla que ya de niños nos hacíamos en el patio del colegio sin tanta prosopopeya oriental. Contemplo con desgana toda esa suerte de temerosas patadas huérfanas de épica que se lanzan a las pantorrillas los luchadores de la MMA en los inicios de cada asalto, pero cuando veo a Topuria derribar por fin a Volkanovski con un puñetazo en la barbilla y abalanzares sobre él para, ya en el suelo, disponerse a machacarle repetidamente la cabeza lo que el árbitro considere razonable, no puedo evitar recordar que eso había dejado de hacerse ya en 1741 cuando Jack Broughton, después de matar en un combate a George Stevenson, redactara las famosas primeras siete reglas que establecieron los fundamentos del boxeo moderno. En la era de la inmediatez, el vértigo, las emociones efímeras y la publicidad, en la que los espectáculos deportivos tienen a ser cada vez más breves e intensos porque a la gente que se sienta ante el televisor enseguida le entran ganas de pasarse a otra cosa, me pregunto si no había un modo mejor de abreviar los combates que retroceder en el tiempo casi tres siglos.