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Se llama Melissa Persling y es una mujer estadounidense de 38 años a la que de pronto conocemos porque su mensaje de frustración en redes se ha hecho viral. Tiene gracia porque es la típica pataleta de una persona simple a la que las cosas no le han salido como pretendía. O sea, la historia de cualquiera de nosotros a medida que se hace adulto. Lo que ocurre es que al resto de los mortales no se nos pasa por la cabeza compartir nuestras penas públicamente. Ella sí, se ve que necesitaba quedarse a gusto. La señora se queja de que el feminismo ha supuesto una especie de estafa en su vida, porque le convencieron cuando era joven de que la independencia económica era algo positivo y ella estuvo de acuerdo, por lo que forjó una carrera profesional estimulante que le proporcionara los ingresos necesarios para no depender de su marido. Se casó a los 22 años –los americanos suelen hacerlo así– y retrasó sine die la idea de tener hijos, a pesar de que su marido era un hombre que buscaba «una vida tradicional, con niños y galletas caseras». Ella prefirió priorizar su carrera.

Al divorciarse –lógico si los proyectos de ambos eran tan dispares– se dio cuenta de que se le pasaba el arroz y ahora que se hace mayor quiere revertir sus decisiones de la veintena. Nada que objetar. Que haga lo que quiera. Lo que resulta triste es que Melissa confiesa que al cumplir 38 años sintió «pánico ante la idea de estar sola para siempre». Es decir, se plantea la idea de abrazar la vida tradicional y tener hijos para no estar sola. Y concluye, como advertencia a otras mujeres: «No quiero que se pierdan las cosas importantes de la vida por estar disfrutando de ellas mismas. No creo que eso te vaya a hacer feliz de verdad». Spoiler: tener hijos tampoco.