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Elena sigue viviendo en la casa familiar rodeada de recuerdos. Me recibe en un salón junto a un despacho congelado por el tiempo donde su padre ejerció de médico hace más de medio siglo. Mientras tomamos té con pastas, me explica la sabiduría y amor que recibió, y me entrega con cautela la carta que escribió su padre el 24 de agosto de 1936 desde la Batalla de Mallorca. «Luchó en el bando nacional, pero luego le acusaron de socialista y espía. Pensamos que algo de ello había», reconoce con media sonrisa.

El doctor Jaime Tomás Verdera era de Llucmajor y tenía 22 años cuando estalló la Guerra Civil. Sus opiniones políticas tendían al liberalismo, pero no tuvo más remedio que obedecer y fue destinado a la plana mayor de Infantería en el sector de Porto Cristo. Desde allí envió una luminosa carta a la familia de su futura mujer Nena Cosmelli: «Vivimos momentos de intensísima emoción gozando del espectáculo inenarrable del avance de todo un ejército».

El soldado médico Tomás divisaba la batalla desde un montículo hasta que le reclamaban a primera línea para atender a los heridos: «No resulta muy divertido, pues las balas silban en todas direcciones y no puedes estar parapetado. El susto solo es cuando tienes que partir, luego no te das cuenta de nada entre correr, tirarte al suelo, levantarte… No piensas en nada. Solo piensas en que tienes que llegar. Cuando has cumplido, un poco de cognac, un poco de agua y te echas al suelo vencido».

Afirma que lo «más emocionante es el momento del bombardeo» y llega a ironizar sobre su penosa situación: «Hasta ayer llevaba una barba de seis días y no me he quitado la ropa, ni zapatos ni nada desde hace nueve días, lo que no deja de ser elegante y distinguido. De lo pasado estoy satisfecho, siguiendo mi teoría de que todas las cosas vale la pena vivirlas para aprender».

Y concluye con un mensaje para su futura mujer: «Por aquí nadie piensa que pueda dejar su pellejo, pues quien más quien menos ha visto explotar una bomba a su lado o que las balas se han clavado en la pared donde estaba apoyado y no le ha pasado nada, absolutamente. No sería el sitio ideal, que digamos, para Nena, que le tiene tanto miedo a la vida. Créanme que no vale la pena preocuparse».

El doctor Tomás sobrevivió a la batalla y fue destinado a las prisiones de Can Mir y el Castillo de Bellver. Quedó horrorizado al ver a la gente –también muchas mujeres– jaleando los fusilamientos. De repente, en abril de 1937 fue acusado de «ideas socialistas» y «espionaje extranjero», y lo encerraron en el fuerte de Illetas como un preso republicano más. Sin embargo, a los tres días lo liberaron por falta de pruebas.

En 1938 lo trasladaron al frente de Zaragoza. Participó como teniente médico en la campaña de Aragón y Cataluña. Su momento más crítico lo vivió en la batalla del río Segre, cuando su unidad sufrió un durísimo contraataque republicano durante la conquista de Balaguer (Lleida). Allí ganó cuatro medallas al valor.

Trabajó el resto de su vida como cardiólogo en Palma y falleció en 1990. Su hija recuerda con nitidez sus últimas palabras y todavía se le humedecen los ojos cuando las cita: «Nos robaron la juventud. A nosotros y a todos los europeos».