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Hace cuatro mil quinientos años la población de la península Ibérica fue arrasada por una invasión que cambió nuestros genes para siempre. No quedan evidencias del cataclismo poblacional más allá de lo que muestran las pruebas genéticas. Históricamente hablando, no es un tiempo demasiado lejano y, sin embargo, nada nos ha llegado de aquel momento crítico en el que una legión de gentes de Europa del Este –más blancos, más altos y con ventajas como la domesticación del caballo y el invento de la rueda– llegó a nuestra tierra y eliminó literalmente a todos los varones que la poblaban. Se ignora cómo pudo ocurrir algo así, pero la investigación detalla que en esa fecha sobrevivieron los genes femeninos mientras desaparecieron los masculinos, reemplazados por los foráneos. No nos ha ido tan mal, pues nadie recuerda ya cómo éramos en aquella remota Edad del Bronce. Ahora hay un economista, Jesús Fernández Villaverde, que dice que España necesitaría importar veinticinco millones de inmigrantes para sostener el sistema de pensiones. Esta invasión no sería de gentes con ninguna ventaja evolutiva, simplemente con brazos y fuerza para trabajar. Si tenemos en cuenta que la población española asciende hoy a 47 millones y tenemos que ampliarla de ese modo traumático, podemos elucubrar sobre cómo sería nuestra sociedad si ocurriera. Personalmente prefiero no pensarlo, porque no veo más que escenas infernales. Si ya tenemos gravísimos problemas de vivienda, sanidad, servicios y masificación, imaginemos de qué modo se incrementarían. Sigo creyendo que hay otras soluciones, como cercenar de cuajo infinidad de gastos innecesarios y rediseñar el modelo productivo. O, como nos ocurrió hace tantos siglos, desaparecer.