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En el caso de Ana Obregón me llama la atención el poco espacio que en los medios de comunicación se dedica a la madre gestante. Si el tema de la gestación subrogada llena ahora tantas portadas sería lógico para el buen periodismo investigar a fondo sobre los motivos que conducen a una persona a poner en venta su vientre. Es de suponer que la madre natural tendrá una historia detrás bastante más interesante y constructiva que la de la propia nueva abuela que ya todos conocemos por estos lares. Pero, claro, esta es famosa y a los famosos parece que se les obvia todo, pecados y virtudes. También el traer al mundo a una bebé con ya una pesada mochila a sus espaldas. Obvian todo lo que pueda conllevar su drástica decisión de traer a una niña que, si no me equivoco, tendrá una fuerte confusión cuando crezca. Es lamentable que el hijo de Ana Obregón falleciera tan joven, sin embargo la muerte sigue respirando en todos los núcleos familiares y no queda otra que dejar ir al ser querido, o también morir de amor, y no involucrar a terceros con afán de notoriedad y exhibición. Es muy legítimo que no quiera que la prensa se inmiscuya en su vida pero ella misma da exclusivas a las revistas del corazón. Ana Obregón ha decidido en Estados Unidos, donde no entiendo por qué la legislación vigente permiten tales temas, tener una nieta que carezca de padre y madre. Y esto no es circunstancial sino deliberado lo que se torna aún más esperpéntico porque no se trata de darle un hogar a una niña sin padres sino en el fondo satisfacer su propio ego, que es de lo peor del ser humano. Por supuesto que honra tratar de culminar supuestamente el último deseo de un hijo fallecido pero no a toda costa, sin orden ni concierto y atendiendo únicamente a intereses privados. La nueva abuela, algo que todavía está por ver, parece incapaz de afrontar la terrible realidad de vivir sin su hijo y no parece que tenga nadie al lado capaz de hacerla entrar en razón.