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Este año, acaso para compensar la larga crisis constitucional que nos tiene estupefactos, el puente colgante de la Constitución es el más largo del mundo, casi de longitud indescifrable y elástica, ya que técnicamente empezó hace cuatro días, el viernes pasado, y los más osados pueden prolongarlo toda la semana. Casi parece un acueducto romano, destinado a trasladar liquidez a nuestra economía doméstica, que, ¡oh, sublime paradoja!, vive de las fiestas de guardar y cuanto más largo es un puente festivo, más trabajo para todos y mayores beneficios. Raro, desde luego, pero a diferencia de otras rarezas políticas y sociológicas que nos caracterizan, perfectamente constitucional. Prueba de ello es que tenemos un día festivo estratégicamente situado en el calendario para celebrar la Constitución y prolongar el festejo, y si aún no tenemos un Día del Código Penal (por supuesto festivo), es porque alguna autoridad competente se ha dormido en sus laureles.

No sé ahora si algún otro país dedica un día de fiesta (de las que duran diez días, como los festines de Nabucodonosor) a su ordenamiento jurídico, pero no me suena. Fiestas nacionales sí, a porrillo, pero a las constituciones no se las suele santificar en el calendario, como tampoco hay naciones que dediquen un día festivo a conmemorar la legislación vigente, por meritoria que sea dicha legislación. Este año, con el puente más largo del mundo para compensar, no se puede decir que nuestra Constitución esté para fiestas. Al contrario, se ha convertido en papel mojado para los más constitucionalistas (el PP, por ejemplo), que la eluden cuando les da la gana mientras la aclaman a gritos. Los menos constitucionalistas, en cambio, hacen como si no existiera. Y cuando por fin el Gobierno, harto de la parálisis del poder judicial, decidió cubrir los dos puestos que le corresponden del Tribunal Constitucional, no se le ocurre otra cosa que atacar con un exministro. Váyase o uno por lo otro, debieron pensar. Lo que provocó el esperado griterío (griterío táctico) no sólo de la derecha, sino también de sus socios.

«Es una vulneración de los principios de separación de poderes, están colonizando el Constitucional», aulló el PP. Y me callo para no ser aguafiestas. Nuestra economía depende de ellas, disfrútenlas si pueden.