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Cuando uno escarba en su árbol genealógico enseguida se da cuenta de que sobre tus hombros –o bajo tus pies– permanecen miles de personas con las que compartes la sangre, los genes, el origen y seguramente gran parte de tus creencias, de tu forma de ver el mundo, incluso el carácter, la personalidad, los gustos. Somos familia, al fin y al cabo. En veinte generaciones, unos quinientos años, has acumulado casi un millón de abuelos. Es lógico pensar que entre ellos habrá de todo, racistas, violentos, generosos, cutres, bordes, imbéciles, miserables, donjuanes, misóginos... cada una de las cualidades humanas y cada uno de los defectos deben, por estadística, estar presentes en tu flujo sanguíneo gracias a la aportación de ese millón de personas de las que no sabes nada –apenas más allá de padres, abuelos y quizá bisabuelos–, pero que forman parte de ti. La idea me viene a la cabeza al ver esta semana cómo sacaban los restos mortales de Gonzalo Queipo de Llano de madrugada, ante los aplausos de sus descendientes.

Todos tenemos abuelos y es natural sentir afecto por ellos. Sin embargo, si tu abuelo era un asesino en serie, un violador, un mal bicho que causó enormes daños a su alrededor con fiereza, sadismo y frialdad, también es natural despreciarlo y sentir vergüenza por llevar en tus venas la sangre del maldito. Un miserable que exigía a sus tropas «matar como a perros a los afeminados», violar a mujeres comunistas y anarquistas, «porque se lo merecen», igual que los catalanistas, que «merecían morir degollados como cerdos». Se consideraba una persona decente y un patriota y no fue más que un asesino, un loco hambriento de sangre. A ese le aplauden sus descendientes. Yo me avergonzaría.