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Habrán notado que todos los discursos políticos, incluso si tratan de economía, nacionalismo o estrategias electorales, cada vez se parecen más a vetustos sermones morales, con referencias al bien y el mal, a las virtudes y pecados sociales; más que dirigentes políticos, la mayoría se comportan como clérigos predicadores. Y no son los únicos. Escritores, cineastas, agentes culturales, analistas y publicistas, con la mejor intención, suelen endilgarnos unos sermones moralizantes de padre y muy señor mío, y lo mismo sucede en buena parte de la prensa y los informativos de televisión, que a las noticias procuran añadir, intercaladas, predicas de psicólogos, expertos y virtuosos de todo tipo a fin de que, en efecto, no abandonemos el camino de la virtud cívica y el respeto a la ley. «Ancho es el mundo, como lo es la moralidad», decía el bueno de Stevenson tras regalarnos La isla del tesoro. Y si ya entonces era ancha, ahora se ha ensanchando muchísimo, porque si en la Edad Media, donde la opresión religiosa y moral era asfixiante, con dos o tres virtudes prudenciales te arreglabas, ahora se necesitan docenas para pasar el día y regresar a casa sano y salvo. Hay telepredicadores y moralistas por todas partes, sin mencionar a las multitudes de sermoneadores digitales, y se hable de lo que se hable, sólo se habla del bien y el mal. Así, sin medias tintas. Lo que multiplica las moralidades, y por ende, los sermones que hay que aguantar con santa paciencia. Económicos, patrióticos, religiosos, de género, ecológicos, sanitarios, climáticos, tecnológicos… Yo qué sé. Al mencionado Stevenson, hace más de un siglo, le irritaban ciertas virtudes, que él calificaba de pasivas, y que citó en un ensayo sobre Dumas. La castidad, la abstinencia, la frugalidad, la prudencia, la obediencia. Para ejercer estas virtudes humanas no es preciso hacer nada; a menudo, incluso es obligatorio no hacer nada. No menciona el respeto a todas las opiniones, creencias y hasta sentimientos, porque entonces tal chorrada no era virtud de moda, exigible de oficio. Demasiadas virtudes hay que tener, según los predicadores. Hay que ser un puto santo. O varios diferentes, pues hay tantas moralidades.